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Testimonio de Cipriano Valdés Jaimes, ex sacerdote Católico



No cabe dudas de que usted y yo, en una u otra ocasión, hemos visto un hombre vestido de un manto largo negro, a veces blanco, camina do con sus manos cruzadas y con una serena expresión en su rostro Nuestra primera idea puede haber sido de que estábamos mirando a "un dios vestido como un hombre", para usar una expresión común en ciertos círculos. En realidad, era un sacerdote católico romano, una figura en un velo de misterio.

Yo, Cipriano Valdés Jaimes, era uno de estos sacerdotes. Nací en Michoacán, México, en una familia católica devota, y recibí mi educación primaria bajo la mirada vigilante de los que me enseñaron a observar la frecuente confesión y la comunión diaria. Cuando llegué a la edad de doce años, llamé a la puerta del Seminario Diocesano en Chilapa, en el estado de Guerrero. Durante cinco largos años estudié el latín de Cicerón y Virgilio. Por tres años mi mente fue llenada de la filosofía de los escritores griegos. Con gran cuidado me sometieron a la enseñanza de teología donde aprendí los dogmas del romanismo. Finalmente, el 18 de octubre de 1951, el día de San Lucas el Evangelista, fui ordenado sacerdote.

Sinceramente engañado
En ese día, mediante la imposición de las manos del obispo, se me otorgaron los poderes increíbles, engañosos y falsos que la Iglesia Católica Romana pretende dar a un hombre para engañar a otros. Se me otorgó la capacidad de perdonar los pecados de los hombres, tanto adentro como afuera del horrible confesionario. En ese día recibí el poder sacrificar a Cristo una y otra vez en un altar a mi gusto y antojo. Ahora podía librar almas del purgatorio, un lugar inventado por Roma, mediante un ritual mentiroso y lucrativo. Esta es la innegable enseñanza de la Iglesia Romana de que antes de ir al cielo las almas de los hombres deben pasar a través de dicho lago de fuego. ¡Cuán lejos de la verdad! ¡Qué error! No obstante, eso es lo que yo creía como resultado de la obra penetrante y meticulosa en Dogmática y Teología Moral. Por tanlo, cuando se me dijo que tenía poder para perdonar los pecados de mis congéneres, acepté el hecho de todo corazón, sin darme cuenta de que perdonar pecados es un atributo divino. Esto no puede delegarse a ut hombre. La Escritura dice: "Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados" (Isaías 43:25); "¿Quién  puede perdonar pecados sino sólo Dios?" (Marcos 2:7). Durante veinte años en el sacerdocio católico romano yo participé en esta práctica ridícula, vergonzosa y antibíblica de escuchar diariamente las flaquezas de la sociedad, incluyendo a militares, profesionales y políticos. Yo era el direcIor espiritual en las escuelas. Durante un año ocupé el cargo de Cura Párroco Adjunto, y durante diecinueve años fui Cura Párroco. Tenía sacerdotes asistentes y de confianza que me ayudaban a llevar a cabo mis absurdas obligaciones.

Cristo fue sacrificado una sola vez, por todos
A fin de repetir el sacrificio no cruento de Cristo sobre el altar, se me había dado el poder de convertir el pan en su cuerpo y el vino en su sangre mediante las palabras mágicas de la consagración. Con gozo y profundo respeto acepté esa autoridad. En mis manos se hallaría al mismo Creador del universo, el Dios eterno, hecho hombre por nosotros. ¿Es posible que durante veinte años continué sacrificando a Cristo? Y lo hice hasta cuatro veces los domingos. Qué parodia más asombrosa y vergonzosa era esto mí y para todos los que tomaban parte en lo que Roma llama la Misa. El hombre jamás podría repetir la obra de Cristo en la cruz. Pensar que puede hacerlo es una invención del diablo. En Romanos 6:9, la Biblia dice, "Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él". Entonce ¿cómo puede un sacerdote hacer que él muera una muerte no cruenta [sin sangre]? Hebreos 9:22 declara que "...sin derramamiento de sangre no se hace remisión". Por tanto, ¿que se logra con la misa? ¿Purifica y libra almas del purgatorio? La Biblia declara, "...y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado" (1 Juan 1:7).

Dios es Espíritu
El dogma católico dice que en cada partícula del pan consagrado y en el vino consagrado están presentes el cuerpo y la sangre del divino Jesucristo. ¡Qué falsedad! Cristo dijo, "Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mateo 18:20). Pero el sacrilegio de la mentira y el engaño llegan a su clímax cuando el sacerdote, después de la llamada consagración, eleva el pan y la copa mientras los feligreses se inclinan y golpean sus pechos o elevan la vista hacia el cielo, y exclaman: "Señor mío y Dios mío". Esto es idolatría, la adoración de materia creada. Dios no es un pedazo de pan. "Dios es Espíritu; los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren" (Juan 4:24).

Tradición frente a Verdad
Pero yo creía, enseñaba, predicaba y defendía la doctrina de Roma aunque estuviera de acuerdo con la Palabra de Dios o no. Para mí, esa época, la Iglesia con sus concilios y sus tradiciones estaban antes que las Sagradas Escrituras. La voz del papa tenía más autoridad que la del Espíritu Santo. ¿No era la Iglesia de Roma la sola y única que los hombres estaban obligados a creer y obedecer? Por esa razón, yo, como lo hizo Pablo, perseguí activamente la Iglesia de Dios (Gálatas 1:13). En sus propios lugares de culto desafié a los pastores evangélicos, Protestantes como se les llamaba en el catolicismo romano oficial. Los insulté, los humillé y los obligué a salir de sus parroquias donde yo era señor y amo. No sé cuánta de la literatura de ellos logré destruir. Recuerdo un incidente particularmente vergonzoso. Yo, junto con algunos hombres (¿devotos?), vinimos el encuentro de una mujer cristiana rodeada de un grupo que la escuchaba atentamente mientras ella les presentaba la palabra de Dios. Me abrí paso a la fuerza hasta el centro de la multitud y  comencé a ridiculizarla y humillarla y a la obra que estaba haciendo como una sierva de Dios. Amenacé a la multitud que la rodeaba diciéndoles que morirían sin los sacramentos de la Santa Madre Iglesia. Ordené a los que estaban conmigo que juntaran todas las Biblias que se habían distribuido, porque eran falsas. No tenían el sello de aprobación de la verdadera Iglesia, el NIHIL OBSTAT, o el IMPRIMATUR. Se recogieron sesenta y seis Biblias, que hacía poco habían sido impresas, y con mis propias manos las destrocé y las eché a las llamas. No obstante lo hice lodo por ignorancia. Mi Salvador dice, "El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero" (Juan 12:48).

Llamado por Dios
"Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia" (Gálatas 1:15). Oí dentro de mí su voz diciendo, "Cipriano, aquí no es donde tú perteneces. Deja todo esto". Yo simplemente obedecí y salí. El obispo me llamó y yo regresé a mi parroquia, ofreciendo alguna de las bien gastadas excusas. No obstante, la voz del Señor continuó insistiendo. Mientras yo escuchaba las confesiones, me dijo, "No escuches a las debilidades de los otros. Tú no las puedes perdonar de ninguna manera". Cuando celebraba misa o bautizaba a niños, su voz me interrumpía. Abandoné mi cargo por segunda vez y el obispo me llamó de vuelta otra vez. Y todavía la irresistible voz de Dios que no me dejaba en paz. Al fin no pude aguantar más. Fui a la oficina del obispo y le anuncié que iba a abandonar la iglesia. Me contestó "¿Qué estás diciendo? ¿Que te vas de la iglesia? Si no eres feliz en esta parroquia te voy a conseguir una mejor". Mi respuesta fue, "No, lo que estoy tratando de decirle es que no quiero tener más nada que ver con la Iglesia". El obispo reaccionó con, "¿Qué vas a hacer? ¿Adónde vas a ir?" Y yo simplemente respondí, "No sé lo que voy a hacer, ni adónde voy a ir. Todo lo que sé es que tengo que irme de aquí". Irritado, el obispo se paró y trajo algunos formularios para que los llenara solicitando mi salida de Roma. Su disgusto no era tanto conmigo personalmente sino porque iba a perder a un hombre con dieciocho años de estudio y veinte años de experiencia. No fui despedido del sacerdocio en la Iglesia romana; lo abandoné porque EL SEÑOR ME LLAMO.

Salvado por la obra de Cristo solamente
Un mes después estaba en la ciudad de Tijuana, Baja California, México. Allí el Señor tenía un misionero, bajo la guía del Espíritu Santo, preparado para mostrarme a Cristo como el único Salvador. Finalmente, pude entender la Escritura que dice, "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3:16). He confiado en Cristo; lo he recibido como mi Salvador y como Señor de mi vida. Y debido a esto yo sé que tengo vida eterna. Un hombre no entra al cielo debido a sus obras o sus sacrificios o sus virtudes, grandes como éstas pudieran ser, El único camino al Padre es mediante los méritos ilimitados de Cristo. Ninguna ceremonia, ningún ritual, ningún sacramento puede salvar un hombre.

Estimado lector, ruego que el Espíritu de Dios la otorgue luz, sabiduría y entendimiento para que después de leer mi testimonio se dé cuenta de que la única razón que he dado es para que usted sepa que Dios puede cambiar el criterio, el corazón y la vida de cualquier hombre, no importa cuál sea su condición moral o espiritual. Él me cambió a mí; Él puede cambiarlo a usted. No he proclamado estas verdades para ofenderlo a usted ni a ningún otro. Hay amor en mi corazón y en mi vida porque soy un cristiano nacido de nuevo. Reconozca el hecho de que usted es pecador y confiese sus pecados directamente a Dios tal como yo lo hice un día. Pida a Dios que le perdone sus pecados. Invite a Cristo para que entre en su corazón y su vida, y él le dará la vida eterna. Ahora predico el evangelio en iglesias, el lugares públicos, en prisiones y hogares privados.


Testimonio de GHULAM NAAMAN, ex-Islámico

NACÍ EN LA CIUDAD de Jammu, en el norte de la India. Era el menor de cinco hermanos de una familia musulmana de buena situación económica. Mi padre servía como mayor en el Ejército. Observaba las leyes del islam, pero con cierta diferencia de los demás, tenía una inclinación hacia el misticismo, hacia un conocimiento interno de Alá, ya que era un sufi.

Cuando yo tenía cinco años nos trasladamos a Zafarwal, un pueblo antiguo en el Punjab, cerca de la frontera entre Jammu y Kashmir. El director de mi escuela también era un sufi, pero algunos de mis compañeros eran cristianos. En el pueblo había una congregación cristiana con un pastor llamado Ibrahim, que se había convertido del islam.

Siendo niño, me había impresionado la devoción de una mujer evangélica que siempre estaba hablando a la gente acerca de Jesús y su amor. Yo podía ver que para ella su fe era todo.

A la edad de nueve años, regresé a Jammu a estudiar en la secundaria, donde prevalecía una atmósfera muy distinta, ya que la mayoría de los maestros eran hinduistas. En la escuela me fue bastante bien, pero a los trece años me aburrí y decidí huir de ella, para ingresar en la Fuerza Aérea de la India. Me tocó cumplir el servicio en la frontera con Birmania.

Los días posteriores a la guerra fueron muy difíciles para mí. Cuando niño, había sido simpatizante del Movimiento por la Independencia Nacional, e incluso habían sospechado que yo pertenecía a una organización sediciosa. Mi posición en la Fuerza Aérea se hizo insostenible, y finalmente fui dado de baja. Regresé a la casa de mi madre y hermanos en Jammu, donde me dijeron que mi padre había muerto recientemente.

En ese tiempo, el país estaba en efervescencia ante la perspectiva de su próxima independencia, mientras que se desarrollaba, además, un amargo conflicto entre musulmanes, por un lado, e hindúes y sikhs, por el otro.

Las emociones llegaron a desbordarse y desde las mezquitas del Punjab se proclamó una jihad (guerra santa) en defensa del islam.

Yo también me metí de lleno en el conflicto, participando en las fuerzas musulmanas de liberación. Resulté ser un soldado eficiente y enérgico, y recuerdo con vergüenza cómo, junto con otros, quemaba pueblos y a veces mataba a personas indefensas o las obligaba a adoptar el islam. En ocasiones, mi conciencia me golpeaba duramente, como por ejemplo, cuando encontré a un grupo de soldados abusando sexualmente de una muchacha hindú. Me sentí más y más deprimido, pues yo había sido criado en un mundo bueno donde la gente sencilla se amaba y tenía todo lo que necesitaba.

Una vez me encontré con dos prisioneros cristianos de edad madura y les pregunté:
—¿Por qué no se hacen musulmanes?
Ellos no me respondieron pero una niña de doce años que los acompañaba exclamó:
—¡No podemos!
Yo repliqué:
—¡Entonces, tendrán que atenerse a las consecuencias!
—¡Sí! —me respondió—, pero Aquél en quien hemos creído ha dicho que estaría con nosotros hasta el fin del mundo.

Los tres se arrodillaron y oraron a Jesucristo. Cuando se pusieron de pie, yo les pedí perdón.
—Te perdonamos en el nombre de Jesús —me respondieron.
Me sentí impulsado no sólo a liberarlos, sino también a compartir con ellos algunas de las cosas que habíamos tomado de otros.

En otra ocasión, habíamos incendiado un pueblo y estábamos esperando para matar a la gente a medida que salía huyendo. Repentinamente, una anciana corrió hacia mi con un niño pequeño en sus brazos, lo dejó caer a mis pies y me gritó:
—¡Mátelo! Su religión lo manda a matar a la gente, y su dios sólo está contento cuando los ve asesinar. Pero recuerde bien esto: ¡Dios jamás se complace cuando matan la obra de sus manos!

Miré al niño que sollozaba atemorizado a mis pies, me sentí anonadado, y por algunos minutos no pude hablar. Me dio asco lo que estaba haciendo. Suavemente, le dije a la mujer:
—Lléveselo, y yo le prometo delante de Dios que estas manos mías, jamás volverán a matar a nadie en nombre de la religión.
Me di cuenta, por fin, de lo pecador que era y me pregunté cómo podría perdonarme Dios por haber matado a tantas personas inocentes.

Me envolvió un manto de oscuro terror. Mis creencias y prácticas islámicas se fueron desvaneciendo de la mente y reconocí que era un agnóstico. Presenté mi renuncia al ejército y me permitieron retirarme con la condición de que lo hiciera disimuladamente, sin decirle a nadie la causa.

Pero, ¿adónde iría? ¿Qué haría? Quise orar, mas el temor se apoderó de mi corazón al pensar cómo sería caer en las manos de un Dios iracundo. En mis amigos y hermanos no encontré ayuda alguna cuando les conté que había perdido la fe en el islam. Disgustado por esto, decidí dejar a mis hermanos y a mi madre.

Una noche llegué a la estación ferroviaria de Kamaliya. Mi corazón ardía con un profundo pero insatisfecho anhelo de conocer a Dios. En la sala de espera, a medianoche, le abrí mi corazón en oración. Mientras oraba, me pareció escuchar una voz que decía: «Bástate mi gracia», y sentí que se me iban toda la tristeza y la depresión. Repetí una y otra vez esas palabras en voz alta, hasta que entró un barrendero cristiano que me escuchó y me dijo que yo estaba citando a San Pablo (2 Corintios 12.9).

No muy lejos había un pueblo cristiano. Fui allá para visitar al pastor y decirle que quería seguir a Cristo. Me envió con una nota al pueblo de Gojra, a unos quince kilómetros donde había un centro importante de la iglesia anglicana. Era una tarde calurosa, y cuando llegué al lugar el encargado me escuchó atentamente mientras yo le narraba mis experiencias y mi búsqueda espiritual.

Para que se interesara en mí y me tuviera lástima, le mentí diciendo que mi esposa había muerto repentinamente. El me recibió cariñosamente y me dijo que me podía quedar allí por algunas semanas, hasta que estuviera bien seguro de mi decisión de ser bautizado, y que ellos también estuvieran seguros de mi sinceridad. Me dieron un cuartito con una cama, y empecé a estudiar sistemáticamente la Biblia. Encontré amistad y apoyo en un guarda nocturno llamado Buta Masih, un hombre de una fe sencilla pero real. Diariamente orábamos y leíamos juntos el Nuevo Testamento. Una noche, cuando el encargado estaba sentado en su cama antes de acostarse, le recordé lo que le había contado con respecto a la muerte de mi esposa, y confesé: «¡Eso no es cierto, y ahora que he conocido al Señor no puedo seguir con una mentira!»

Mi sinceridad lo conmovió, y juntos dimos gracias a Dios por haber obrado así en mi corazón.

Más tarde, asistí a la Primera Convención Cristiana de Gojra. Encontré que las charlas eran muy edificantes, pero para mí, el momento culminante fue cuando me paré frente a una numerosa congregación, proclamé mi fe en Jesucristo y fui bautizado. Hasta allí, me había llamado Ghulam Rasul (siervo del apóstol Mahoma), pero desde entonces, me convertí en Ghulam Masih (siervo de Jesucristo).

Poco tiempo después, mis hermanos vinieron a buscarme, diciéndome que mi madre estaba enferma. Al llegar a casa, la encontré con buena salud, pero muy disgustada por mi conversión al cristianismo.

Mis familiares llamaron a algunos maestros islámicos para que discutieran conmigo. Sin embargo, no me impresionaron, y se fueron profiriendo amenazas y palabras hostiles. Mis hermanos me golpearon duramente y me encerraron por varios días sin comida en una habitación. Al ver que mi fe me fortalecía, se maravillaron de mi paciencia en el sufrimiento. Aproveché su asombro para explicarles: «Soy un hombre nuevo. El viejo Ghulam ya murió. Tengo un nuevo comportamiento y una nueva actitud frente a la vida».

Sentí que estaba en peligro, pero recordé las palabras de aquel gran cristiano del Punjab llamado Sundar Singh, que dijo: «Es fácil morir por Cristo, pero difícil vivir para él. La muerte requiere una o dos horas, pero vivir para el Señor Jesús significa morir diariamente».

Pronto sentí el llamado para salir a predicar, así que me convertí en evangelista itinerante. Visitaba a cristianos de todas las denominaciones y predicaba dondequiera que los ministros de Dios me lo permitían. En Zafarwal proclamé mi fe mediante una marcha de testimonio delante de quienes me habían conocido cuando niño.

Después fui a Sindi y aprendí el lenguaje sindi. Asistí a un campamento anual en el cual los médicos cristianos ofrecen tratamiento oftalmológico a miles de pacientes. Luego se me pidió que trabajara con el pueblo hindú de los kuli. Al principio, no me aceptaron y me obligaron a acampar debajo de un árbol, fuera del pueblo. Pero entonces Dios, por medio de la imposición de mis manos y la oración, sanó a algunas personas, lo cual condujo a que me recibieran cálidamente.

Más adelante fui enviado al Seminario Teológico de Gujranwala, a fin de capacitarme para el ministerio cristiano. Luego, en Karachi, compartí dos veces las vacaciones con un grupo de enfermeras. Una de ellas era una joven del Punjab llamada Daisy. Venía de un hogar cristiano, pero era orgullosa y satisfecha de sí misma. Por medio de mis palabras, el Señor penetró su armadura de orgullo y ella se arrepintió y entregó al Señor. Esto nos unió, y grande fue mi gozo cuando sus padres accedieron a arreglar nuestra boda. Desde ese tiempo, ella ha sido para mí una maravillosa ayuda y fuente de fortaleza. Después de nuestro casamiento, tomé el nombre de Naamán, aquel general sirio de la Biblia que, por la fe de una joven sirviente, fue sanado de lepra a través del profeta Eliseo. Lo hice porque el testimonio de las mujeres cristianas ha significado mucho en mi vida.

Testimonio de Aníbal Pereira Dos Reis, ex Sacerdote Católico Romano


Si hubiera permanecido en el catolicismo romano no hubiera encontrado a Jesús
Aníbal Pereira Dos Reis

Nací en San Joaquín de Barra, en el estado San Pablo en Brasil el 9 de marzo de 1924, en una familia profundamente arraigada en el catolicismo. Mi padre era portugués y para no ser una excepción a la regla, se había adherido a los admiradores de la Señora de Fátima, la suerte y el buen vino. Mi madre era de origen italiano y se jactaba del trono dorado del papa en la península italiana.

Desde mi temprana edad, el padre de mi madre, muy devoto en las prácticas religiosas, solía llevarme a los solemnes ritos católicos de la Iglesia Madre.

Antes de los siete años, ya asistía regularmente a la parroquia para la instrucción en el catecismo. En una oportunidad un sacerdote obeso nos habló, lleno de energía y vivacidad, acerca del infierno. Nos mostró el peligro, pero no nos dio ni siquiera una mínima clave de cómo salvarnos de ese peligro.

El día de la Primera Comunión
Hice la primera comunión el 1 de mayo de 1932. Me movían los más puros sentimientos. Sin embargo un incidente ensombreció la solemne atmósfera de esa hora. "Toad", uno de nuestros compañeros comenzó a gritar cuando el sacerdote le puso la hostia en la lengua: "¡La hostia se ha pegado, Padre!" El sacerdote se acercó rápidamente al nervioso niño y le ordenó que se callara y que no sacara la hostia del "cielo de la boca" con los dedos. Tocar la hostia con los dedos era sacrilegio. Después de salir de la iglesia, los niños y niñas se volvieron al compañero en cuestión con fuertes recriminaciones, diciéndole que había mostrado una falta total de respeto por el santo Señor.

En 1936 mi familia se mudó a Orlandia, una localidad vecina, para que mis hermanos y yo pudiéramos asistir a la escuela secundaria. Mi padre quería darles a sus hijos la oportunidad de estudiar, cosa que él no había tenido.

Pero desde mi infancia me había quedado un serio problema, era la salvación eterna de mi alma. Solía pensar constantemente en ello. Tem­blando de miedo, recordaba las palabras del sacerdote cuando nos preparábamos para la primera comunión. Nos había informado de todos los actos piadosos recomendados por un sacerdote español muy estricto. Se había despertado en mí desde muy niño, un gran deseo de servir a Dios. Al no conocer otra forma, me hice sacerdote.


El seminario y la ordenación
Me las arreglé para entrar al seminario a los diecisiete años. No era un buen ambiente. Nunca he estado en un lugar tan denigrante. Me entregué a estudiar intensamente todas las asignaturas. Sin embargo mi insatisfacción continuaba.

Fui ordenado sacerdote el 8 de diciembre de 1949 en la ciudad de Montes Claros, en el norte de Minas Gerais. El obispo diocesano me confirió la responsabilidad de organizar y dirigir el Círculo de Obreros. En verdad, esta responsabilidad cumplía con mis aspiraciones. Encontré que la práctica de la asistencia social era un alivio para mi ansiedad espiritual. Era intensamente activo, obtuve la simpatía de la gente trabajadora de toda la región y muchas alabanzas de las autoridades eclesiásticas.

Un sacerdote en el trabajo social
A comienzos de 1952, el obispo de Montes Claros fue transferido por el papa a Recife, como arzobispo. Fui incluido en ese cambio y me mudé a Recife.

En esa capital se me entregó la misión de restaurar una Compañía de Caridad. Una red de orfanatos y centros de educación católica que habían sufrido una crisis financiera en esa región. Trabajé duro, con la meta de reconstruir la imagen pública de esa institución. Cargaba con una.pesada responsabilidad. Después de poco más de dos años de trabajo, los problemas financieros de la institución se resolvieron. Los orfanatos y hogares recibieron mayor número de niños y ancianos. Los educadores se actualizaron. La prensa usó mi nombre en varias oportunidades, cosa que sirvió para protegerme.

No tengo paz frente a Dios
A pesar de esas victorias humanas y del aplauso de los admiradores, nunca sentí paz en mi alma. Ni la total dedicación a mis obligaciones en la caridad, ni la aprobación de las autoridades eclesiásticas eran una respuesta a mis tormentos espirituales. Deseaba ardientemente tener la seguridad de mi salvación, y nadie podía darme esa seguridad.

En 1960 me transfirieron a Guaratingueta en el interior del estado de San Pablo, una localidad próxima a Aparecida del Norte. Me alegró el cambio principalmente porque estaría con el "santo patrono del Brasil". Por otra parte, era la primera vez que estaría involucrado en una tarea relacionada con la gestión social. Siempre había estado preocupado por la obra social. Se suponía que debía encontrar en mis obligaciones como sacerdote la respuesta a mi ansiedad espiritual. Pero no era así.

El trabajo en la parroquia
Organicé una nueva parroquia en el distrito de Pedregulho en Guaratingueta. Trabajé duro. La construcción de una casa parroquial, un salón parroquial y tres iglesias en el plazo de tres años fueron pruebas de mi dedicación. Incluso en esta cumbre de mi vida, con una larga lista de servicios a favor del catolicismo, todavía no tenía seguridad de mi salvación.

Mi padre había muerto de cáncer pulmonar en octubre de 1956. Pasé un año entero rezando misas por el alma de mi padre. En ese tiempo toda la familia rezaba misas por él. Ni siquiera la misa católica romana, con toda su pretensión de valor infinito nos dio la seguridad de la salvación de mi padre.

Solía suplicar por esa seguridad para mí también. Pero ni siquiera el trabajo social en progreso, ni la construcción de las iglesias, ni las ceremonias que conducía, ni el ciego sometimiento a las autoridades eclesiásticas, ni el catolicismo romano estaban dándome la respuesta que necesitaba.

El odio por los evangélicos
Con mi espíritu de rigurosa sujeción a las doctrinas católicas, sentía verdadero odio por los evangélicos, a quienes me refería en las predicaciones como "cabras", mientras que los católicos eran los "cor­deros de Dios".

Hay un hecho que prueba mi tendencia antiprotestante. En oportunidad del día de Todos los Santos, en el cementerio del distrito de Pedregulho, los creyentes bíblicos estaban llevando adelante su tarea de distribuir tratados y extractos bíblicos. Con la intención de "dar gloria a Dios" (ese es el lema jesuita) y de defender a la "Santa Madre de la Iglesia Católica" resolví dañar su obra. Reuní a los niños de mi iglesia y los dividí en grupos para que estuvieran hora tras hora dentro del cementerio. La idea era recibir la literatura y destruirla en las velas encendidas detrás del funerario.

Sin embargo, a la noche, cuando hube terminado esta despiadada destrucción del material evangélico, entré en mi biblioteca para buscar algún libro que me entretuviera. Por la maravillosa gracia de Dios, me topé con la Biblia (traducida por Matos Soares).

Abrí el inspirado volumen. Leí el capítulo once del Evangelio de Juan. Sentí que me llegaba cierto alivio para mi aflicción. Sentí que una energía transformaba mi depresión espiritual. Seguí leyendo cada vez con mayor interés. Constantemente pensaba en ese capítulo.

Un comienzo en el estudio bíblico
Lentamente comencé a sentir un nuevo horizonte en mi alma. Decidí estudiar la Biblia libre de preconceptos. Sin la interferencia de nadie y solamente por medio de la Divina Gracia. Pasmado, descubrí que podemos tener absoluta y permanente certeza de ir al cielo si aceptamos cl plan de Dios.

Sin embargo seguí resistiéndome. Mi alma se había conformado al modelo de la práctica católica romana.

Hablo con mi obispo
Una cosa tenía clara,  cuando hablara con mi obispo, quería ser sincero. Él se sintió confundido con mis preguntas. En definitiva me dijo que yo estaba en Aparecida para ocuparme de la construcción de la Basíli­ca. Mis preocupaciones se convirtieron en la compra de cemento, ladrillos y herramientas. Oraba a nuestra Señora de Aparecida.

El punto crítico de Dios en mi vida
Por ese tiempo los creyentes evangélicos estaban distribuyendo folletos en Guaratingueta. Uno de ellos trataba, sobre la idolatría católica, la adoración de imágenes, etc. Para responder a todas esas afirmaciones, decidí dar una explicación de esas doctrinas desde el púlpito, decir que la adoración a las imágenes no estaba prohibida por Dios. Tomé mi Biblia, comencé la explicación leyendo el capítulo 20 de Éxodo. Salteé los versículos 4 y 5 para no dar "municiones a mis enemigos". Cuando bajé del púlpito, me sentía totalmente avergonzado de mí mismo. Decidí hacer una sincera comparación entre las doctrinas católicas y la Biblia. Entonces pude comprobar el abismo infinito que las separaba.

Comienzo a utilizar las normas bíblicas
En enero de 1963 recibí una invitación para ser sacerdote en la ciudad de Orlandia, donde había pasado mi adolescencia. Estaba encantado de volver a donde tenía tantos amigos.

Sin embargo, esa alegría no era suficiente como para borrar mi ansiedad espiritual. Me dediqué completamente al trabajo en la parroquia católica, llena de todas las deficiencias de una vieja parroquia con sus tradiciones rústicas. A pesar de la oposición de un grupo de mujeres descontentas pero piadosas, me las arreglé para desarrollar un trabajo espléndido donde todo encajaba bien, en lo posible, con las normas de la Biblia. Limpié la iglesia, retirando todos los ídolos. Mis predicaciones eran bíblicas. Mis programas diarios en la radio consistían en un sencillo comentario de la Palabra de Dios. Muchos himnos religiosos que cantábamos en los servicios eran canciones cristianas.

Además me ocurrió algo interesante, mi antiguo odio a los evangélicos se había convertido en temor. Quería hablar con un pastor, pero no tenía el valor de hacerlo. Estando en Guaratingueta decidí ir a San Pa­blo con la única intención de resolver esa situación. Al descender del colectivo en la estación, fui al correo para enviar un telegrama. En la calle del Correo había justo en ese momento un evangélico predicando. Al ver mi sotana, me desafió señalándome con el dedo y exponiéndome con sus duras palabras. Él no sabía lo que estaba ocurriendo en mi alma, y no podía adivinar el propósito de mi visita a Paulicea. Como resultado de este incidente, quedé más convencido todavía de que un pastor evangélico podría liberarme de todos mis problemas. Me volví inmediatamente a casa.

Un siervo de Dios me ayuda
En 1964 llegué cerca del fin. Ya no podía contener esa situación. En noviembre fui a Santos. Ya había trazado un plan. Vistiendo ropa civil, asistí al servicio del domingo de la Primera Iglesia Bautista y por increíble que parezca, el párrafo de la Biblia usado como base para el sermón fue justamente el capítulo once del Evangelio de Juan.

Al día siguiente pude acercarme al pastor Eliseu Ximenes. Este siervo de Dios me respondió de una manera tan amable que pronto me sentí cautivado y liberado de mi anterior prejuicio. Comenzamos a proyectar mi partida del catolicismo romano. Era apenas una partida formal, porque ya la venía realizando desde hacía mucho tiempo.

Fe en el Salvador suficiente
El 12 de mayo de 1965, con la especial protección de Dios, logré desenredarme totalmente de la iglesia romana. El 13 de junio fui bautizado en la Primera Iglesia Bautista de Santos, testificando públicamente del cumplimiento de mi fe en mi único y suficiente Salvador, Jesucristo.

Además de traerme a su Reino, Dios puso en mi corazón la tarea de predicar las Sagradas Escrituras, y dediqué íntegramente mi vida a este ministerio. Recientemente ha bendecido la obra de este humilde siervo suyo dándome la alegría de ver a cientos de almas venir al Señor Jesucristo.

En mis sermones insisto en el Plan de Dios para la salvación solo por medio de Jesucristo. Cada vez que predico puedo sentir una "comunión" más íntima con él.

Nunca antes había sentido tanto gozo espiritual como ahora. Tengo la paz total en mi corazón, porque tengo la certeza de mi salvación eterna. Mi alma ha sido purificada por la sangre redentora de Jesucristo, a quien sea la gloria por toda la eternidad.

¿Has Leído el Testimonio de Francisco Lacueva?

por Francisco Lacueva

Nací de padres católicos romanos el 28 de septiembre de 1911, en San Celoni, provincia dé Barcelona, España. Mi padre murió en 1918, a una temprana edad, víctima de una epidemia de influenza que visitó tantos hogares en mi país. Yo sólo tenía seis años, y mi madre tuvo que trabajar muy arduamente desde entonces, siendo que quedamos muy pobres. Dos años después, un amigo obtuvo un puesto para mi madre como sirvienta en un Convento de las Monjas  Concepcionistas-Franciscanas en Tarazona de Aragón, una pequeña ciudad en la provincia de Zaragoza. Las monjas la aceptaron con la condición de que yo estudiara para sacerdote, puesto que no querían muchachos en la portería del convento, a menos que se los destinara para que más tarde entraran al seminario.

Así, pues, a la edad de ocho años, me encontré ya comprometido para un futuro acerca del cual sabía menos que nada. La influencia abrumadora de las monjas era tal que durante mi carrera en el seminario, a pesar de que yo le había dicho a mi madre varias veces de que no sentía la vocación para una vida de celibato, me amenazó que me enviaría al orfanatorio de la Guardia Civil, que procedió a describir con muy oscuros colores.


Mi vida como joven sacerdote
Cuando tenía diez años, entré en el Seminario de Tarazona para estudiar para el sacerdocio. No estudié con mucho ahínco hasta los cursos superiores, pero aun así, pude pasar todos los exámenes con las mejores calificaciones. Sentí que esto era una pequeña compensación de mi orgullo para contrarrestar las atracciones de un trabajo ordinario en el cual yo podría haber logrado mis deseos de formar un hogar.
Fui ordenado sacerdote el 10 de junio de 1934, en Tarazona, por el Dr. Goma, Arzobispo de Toledo. Luego pasaron quince años de ministerio a la Iglesia, clases en el Seminario y en privado, así como entierros, bautismos, casamientos, y otras ceremonias religiosas.


Suprimo las dudas
En septiembre de 1948, fui promovido por mi obispo a la cátedra de Teología Dogmática Especial en el Seminario Diocesano de Tarazona de Aragón. Un año después también me designaron como Canónigo Magisterial, es decir, predicador oficial en la Catedral.  Hasta esa fecha me las había arreglado para suprimir todas las dudas y dificultades que había experimentado con respecto a muchas de las doctrinas que la Iglesia Católica Romana enseñaba y obligaba a los fieles a creer. Esto se había logrado parcialmente debido a la sumisión inmediata e incondicional que, bajo pena de excomunión, todos los verdaderos romanistas rendían al Papa.

Días después leí en una revista católica romana, "Cultura Bíblica", el nombre de Don Samuel Vila, Pastor evangélico español, a quien atacaban por algunos comentarios que había hecho en su libro, "A las fuentes del Cristianismo", con referencia a los hermanos de Jesús: Después de tantos años, todavía podía recordar el nombre de este pastor, por lo que busqué su dirección en la guía telefónica y le escribí una carta describiendo con extrema sinceridad mis problemas espirituales.


Una verdadera conversión a Dios
El Pastor Vila contestó con una carta llena de comprensión y unción del Espíritu Santo, en la cual explicaba muchas de las verdades fundamentales de la Palabra de Dios, que sin embargo me asombraron, puesto que eran en contra de todas las cosas que yo había creído. El Sr. Vila no me pidió que me convirtiera en Protestante, pero con mucha candidez me dijo que la solución a mi problema espiritual no estaba en cambiar de una confesión religiosa a otra, sino en una verdadera conversión a Dios. Esta fue mi primera sorpresa, y no fue la última. Añadió que mi salvación dependía de mi simple aceptación, por fe, de Jesús como mi Salvador personal y (otra gran sorpresa) que considerara la vida cristiana como una relación espiritual cariñosa con Dios. Para mí esto fue extraordinario. iY estos eran los enconosos Protestantes!

Continué intercambiando correspondencia con él; y, después de las primeras cartas que recibí, me envió mucha literatura evangélica. Siempre recordaré la impresión que recibí de leer el libro A las fuentes del cristianismo, de Samuel Vila. Allí descubrí una exposición razonada de las soluciones para mi investigación personal que había iniciado contra los dogmas del romanismo. ¿Por qué no había yo visto estas cosas? Simplemente porque no poseía el extenso conocimiento de la Biblia y la historia que, en su conrrespondencia, el Rdo. Vila demostraba que tenía. Así que fue que me dediqué al detallado y asiduo estudio y meditación de la Palabra de Dios, acompañado por mucha oración en la cual buscaba la abundante gracia del Espíritu Santo para,descubrir el verdadero sentido de la Palabra, a fin de atesorarla en mi memoria y corazón, para vivirla a través de mi vida, y para comunicarla a otros. En poco más de un año había leído toda la Biblia dos veces del principio hasta el final, y el Nuevo Testamento muchas veces. También estudié los mejores comentarios Romanistas y Protestantes.


La Palabra de Verdad
Pronto me encontré gozando de los frutos de esta tarea tan agradable. Mi estudiantes a menudo se asombraban ante las referencias bíblicas pertinentes y variadas con las cuales yo apoyaba mis explicaciones teológicas. Pero por sobre todas las cosas, vi con claridad y por primera vez la falsedad de muchas de las doctrinas de la Iglesia Católica Romana que son los artículos de fe. ¿Por qué no había notado esto antes? Por la simple razón de que yo jamás había procurado un estudio tan detallado e imparcial de la Palabra de Dios. Por eso es que la inmensa mayoría del clero romanista continúa en sus falsas doctrinas, sin abrir sus ojos a la pureza de la verdad del evangelio.

A pesar de que la luz había comenzado a filtrarse en mi alma en enero de 1961, todavía no era salvo, aunque ya estaba convencido de la falsedad del romanismo. Sin embargo, me decidí unirme a la Iglesia Evangélica. Me sentí muy alentado a esta altura de mi conversión por la visita personal que hice a don Samuel Vila en Terrassa (Barcelona) en mayo de ese año. El fervor y la devoción con que me habló y particularmente cuando oró al Señor conmigo, y con su cuñado, Don José M. Martínez, me impresionaron y emocionaron en gran manera.


El poder de la gracia de Dios
Siguiendo el consejo del hermano Vila, puse a prueba a Dios en momentos de gran dificultad para mí, y con resultados maravillosos: Finalmente, en un glorioso 16 de octubre de 1961, y en medio de una prueba que me encerraba como un verdadero toro de Basán, elevé mis ojos y corazón al cielo, no descansando en mi propia fortaleza, sino seguro del poder de la gracia de Dios, la cual cosecha sus mayores triunfos ante la debilidad e impotencia humanas, "Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi Poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, Para que repose sobre mí elpoder de Cristo" (2Corintios 12:9). "Diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón, a quien el Señor no inculpa de pecado" (Romanos 4:7-8).

Desde esa fecha he visto muy claramenté que he nácido a una nueva vida, he abandonando mi vida de pecado, y me he rendido incondicionalmente a Cristo, dispuesto a llevar su cruz y seguir fielmente en sus pisadas. Cada día he orado que el Espíritu Santo pueda mantenerme siempre alerta, para obedecer sus más leves deseos, que yo pueda ser un instrumento bajo su dirección omnipotente. Desde octubre de 1961 hasta junio de 1962, mis amigos, mis estudiantes, y mis compañeros más íntimos pudieron ver el cambio que se había obrado en mi vida. Mis sermones tenían un fuego de convicción que nunca habían tenido antes. Mi corazón estaba lleno de un entusiasmo, un gozo interior, una maravillosa felicidad, y mi mayor placer era en la oración, y en la lectura continua y estudio de las Sagradas Escrituras. Comencé a leer metódicamente; y muchas eran las Biblias y Nuevos Testamentos que se obsequiaron a mis amigos en sus cumpleaños y días de fiesta.


El romanismo: Otro evangelio
Después de un tiempo me di cuenta de que era imposible, en mis nuevas circunstancias, continuar en la Iglesia Católica Romana. E1 21 de junio de 1962, escribí cartas fechadas el 16 del mismo mes en Barcelona dirigidas a mi obispo y al presidente del Concilio Canónico de la Catedral de Tarazona, a la que estuve vinculado por trece años como Canónigo Magisterial. En ellas renunciaba a todos mis honores y cargos y les decía de mi salida de la Iglesia Católica Romana. Le decía al obispo que yo no deseaba caer bajo las anatemas de Gálatas 1:8-9, "Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema".


No mi propia justicia, sino la de él
El mismo 21 de junio crucé la frontera española-francesa en Port-Bou, y en la tarde del día siguiente, desembarqué en el puerto de Newhaven, en la costa sur de Inglaterra, donde me esperaban los brazos abiertos de un siervo de Dios y amigo, Mr. Luis dé Wirtz.

No quiero omitir que el domingo 17 de junio, por primera vez, asistí a una reunión evangelística en una Iglesia en Barcelona y hablé en un servicio de la tarde, en otra capilla en Terrassa. Luego disfruté de la hospitalidad y cortesías de mi mentor espiritual, Don Samuel Vila.

No quisiera concluir sin ofrecer un vibrante testimonio de mi converción a Jesucrrsto. Con gran gozo he renunciado  a los altos cargos que ocupaba en la Iglesia Católica Romana y a la generosa forma de vida que los acompañaban. Sigo con confianza bajo la guía providencial de mi Padre Celestial hacia la meta segura de mi salvación. Desde que abandoné la Iglesia Católica Romana, he visto muy claramente que a fin de poseer todas las cosas primero es necesario abandonar todas las cosas.


"Por gracia sois salvos por medio de la fe"
A ustedes, mis ex compañeros en el sacerdocio, digo de todo corazón: "Me siento muy feliz en la nueva vida que he abrazado en Cristo y en su evangelio; quisiera que todos ustedes fuesen tocados por esta misma gracia. No los olvidaré en mis oraciones, y confío que tengo un lugar en todos los que buscan la verdad con sinceridad y con un corazón recto. Estén seguros de que la salvación es un asunto personal entre Dios y cada uno de ustedes. La salvación no está en la afiliación en una iglesia, ni en las prácticas piadosas, servicios, rosarios, mensajes de Fátima, etc. Es algo evidentemente equivocado creer que uno puede salvarse por observar los "Primeros viernes", o los "Primeros sábados". Sólo nuestra aceptación personal por la fe del hecho extraordinario de la Redención de Jesucristo puede salvar nuestras almas. "Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús; a quien Dios Puso' como propiciación por medio de la fe en su sangre, Para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados" (Romanos 3:23-25).

Esta es doctrina bíblica; es la doctrina de Pablo en Romanos. Estudien las Escrituras y ellas le guiarán a la verdad. Cuídense de seguir el camino equivocado, Piensen en esto hoy. Mañana podría ser demasiado tarde.

Testimonio extraido del Libro "Lejos de Roma, cerca de Dios", el cual cuenta el testimonio personal de 55 ex sacerdotes católicos que decidieron abandonar el romanismo y el cargo que ocupaban en él para rendir su vida a Cristo.














Testimonio de Jose Seidu Mans, Ex-Islámico

por R. F. Wootton | 


MIS PADRES ERAN MUSULMANES que pertenecían al pueblo de los fulanis. Desde muy joven me educaron en la fe musulmana, porque mi padre era un líder islámico. Cuando yo tenía tan sólo seis años de edad, tuve que dejar mi pueblo natal, pues fui enviado a un karmoko (maestro de árabe), con el cual viviría por unos ocho años. El me enseñó el Corán y las leyes del islam; empecé a ayunar, a dar limosnas, a ofrecer sacrificios y a cumplir con todos los deberes de un musulmán. Por aquel tiempo yo no sabía nada acerca del cristianismo, porque en esa zona no vivían cristianos.

Regresé a mi hogar después de haber leído y estudiado el Corán dos veces. Mi padre tenía el propósito de enviarme a su antiguo hogar en Mamu, Guinea, pero murió antes de poder cumplirlo. Entonces conocí a algunos cristianos, quienes me invitaron a estudiar en su colegio. Su religión no me interesaba, ya que yo creía firmemente en el islam, pero sí quería aprender el inglés y recibir una educación moderna, por lo que acepté la invitación. Estudié durante cinco años en este colegio sin que el cristianismo me afectara notablemente. Yo vivía y trabajaba en la casa de una profesora de edad avanzada. En este hogar había oración y se impartía educación cristiana. Incluso a veces iba a la iglesia, pero su fe no me convencía. Un día llegó el gobernador a nuestro pueblo de Kamabie, y la profesora lo invitó a almorzar. Ella me pidió que sirviera la mesa y yo accedí. Sin embargo, después rehusé hacerlo. Como era lógico suponer, mi actitud la disgustó. Cuando me presenté a su casa a la mañana siguiente para trabajar, no me dejó entrar.

Entonces me fui al colegio. Mi mal comportamiento no me preocupaba. Esa tarde, cuando regresé a la casa, ella estaba en la puerta y al acercarme, me llamó suavemente por mi nombre, diciendo:
—Seidu, perdóname.
Por un rato me quedé inmóvil. Luego pregunté:
—¿Qué?
—Esta mañana estaba enojada contigo —me explicó.

Hasta ese momento yo no había pensado seriamente en el pecado, pero entonces empecé a preguntarme: ¿Por qué ella me estaba pidiendo perdón a mí, cuando yo debía pedírselo a ella? El Señor utilizó la humildad de esa mujer cristiana al pedirme perdón para hacerme pensar muy seriamente en el pecado. Este fue el primer paso en el proceso maravilloso que usó el Señor para atraerme hacia El. Poco tiempo después, esa amada señora me envió a Gbendembu a continuar mis estudios. Allí, durante una reunión evangelística, Dios me habló de tal manera, que aún antes de que el predicador hiciera el llamado, yo me arrodillé y le confesé mis pecados al Señor Jesucristo. Sentí que estaba perdonado porque en mi corazón había paz y me sentía muy contento. Pero al regresar a mi hogar, encontré inmediatamente la oposición. Mis tíos no me recibieron en casa, así que tuve que alejarme de ellos por dos años. Después de eso, vieron que ya nada podían hacer conmigo al darse cuenta del gran cambio que se había operado en mi. Antes de este incidente, yo había sido una persona muy problemática en el hogar. Solía pelearme frecuentemente con mucha gente, y en varias ocasiones mi familia había tenido que ir a la Corte por mi mal comportamiento. Pero esto no volvió a suceder después de mi conversión.

Entonces, como no me pudieron convencer de que abandonara el cristianismo, me recibieron de nuevo en el hogar. Como resultado de eso, pude llevar a mis dos hermanos y a mi hermana al Señor Jesucristo. Pasaron unos tres años antes que me bautizara. Cuando llegó un nuevo pastor, me preguntó acerca de mis intenciones de bautizarme. Así que me matriculé en la clase preparatoria, y finalmente fui bautizado. Trabajé como maestro durante cuatro años. Luego dejé la enseñanza y me dediqué al ministerio pastoral, ya que Dios había confirmado claramente mi llamado. Doce años después, sentí que Dios me ofrecía un nuevo ministerio, para el cual necesitaría una mejor educación. Fui al extranjero y estudié en una universidad donde pude desafiar a muchos estudiantes a trabajar en las naciones no alcanzadas. Varios respondieron a este llamamiento.

Regresé a Sierra Leona como pastor y evangelista. Hoy, cada miembro de mi iglesia está interesado en el evangelismo. En la época de sequía alcanzamos a los pueblos vecinos, de tal manera que al culto dominical llegan personas de once pueblos, desde una distancia de hasta veinte kilómetros. Sesenta y cinco almas han sido ganadas este año para el Señor Jesucristo a través del movimiento Nueva Vida para Todos. 

Algunas personas piensan que, como los musulmanes creen en un solo Dios, no es necesario predicarles el evangelio. Pero yo sé que Cristo ha cambiado mi vida y que en El he encontrado la paz que no había podido hallar de ninguna otra manera. Sé que El puede apartarme del pecado y que me cuidó en medio de las pruebas y el sufrimiento ocasionados por el abandono de mi familia. Cuando hablo con musulmanes, primero comparto lo que ya conocen, es decir, la creación, la caída, la desobediencia del hombre, y los profetas. Luego vemos las promesas de Dios con respecto al Mesías empezando desde Abraham. Esto nos lleva a la vida impecable de Jesús y a la cruz. Entonces comparto mi testimonio, y les digo que ahora soy lo que soy gracias a su muerte expiatoria en mi lugar, haciendo énfasis en el perdón de Cristo y el poder para conquistar el pecado. Con frecuencia hablo en colegios secundarios cristianos en los cuales hay estudiantes musulmanes y muchos de ellos se vuelven a Cristo. Cuando esto ocurre, tienen que decírselo a sus padres, y entonces algunos de ellos les dejan de pagar las cuotas del colegio. Pero los muchachos siguen confiando en el Señor, que les da toda la ayuda que necesitan para la vida.


Testimonio de un Ex Mormón

Este es un corto testimonio de un hombre que nació y se crió entre los SUD (santos de los Últimos Días), la iglesia mormona, y siendo líder y admirado descubrió la verdad de Dios. Recomendado.



Testimonio de Tiyamiyu Akinlade: Un Islámico que se convirtió a Cristo

por R. F. Wootton | 


EL PADRE DE TIYAMIYU AKINLADE encabezaba un grupo familiar musulmán importante en su pueblo. Cuando Tiyamiyu era un niño pequeño fue enviado a estudiar en la tradicional escuela coránica bajo el maestro más sabio del pueblo. Su padre declaró que jamás asistiría a la escuela primaria corriente. Sin embargo, cuatro años más tarde, cuando se había ausentado en viaje de negocios, otros familiares permitieron que Tiyamiyu asistiera a esa escuela. Al regresar su padre, no le quedó más que aceptar lo sucedido. Pero el niño siguió yendo a la escuela coránica todas las noches después de la escuela diurna.


Al cumplir los catorce años, ya conocía bien los principales argumentos anticristianos. En su Biblia había marcado los textos donde aparece Moisés dando instrucciones con respecto a los ritos de purificación y el relato de cómo Jesús lavó los pies de sus discípulos, además de la cita que dice que Esdras sirvió como muezín llamando a su gente a la oración. Con estos versículos atacaba a los cristianos, alegando que deberían practicar la purificación y la oración ritual como lo hacían los musulmanes.

Sin embargo, el obrero cristiano que servía en la iglesia local entabló amistad con el padre de Tiyamiyu, y el muchacho comenzó a jugar con los niños que vivían en la casa de la misión, observando todo lo que allí sucedía. Se fijó cómo el misionero se preocupaba por todos los que llegaban, cómo conversaba con ellos, los entretenía, les preguntaba por su salud y les ofrecía ayuda. En cambio, Tiyamiyu veía que las personas que buscaban a su maestro coránico iban a pedir remedios mágicos. En ocasiones, solicitaban protección contra algún mal, otras veces querían hacer daño a otros con la magia. Tiyamiyu sentía que lo que le interesaba al maestro era hacer dinero, y que se preocupaba muy poco por el bienestar de la gente.

Entonces Tiyamiyu empezó a pensar más y más en el mensaje de Cristo. Comenzó a amar la Biblia. Pronto quiso ser cristiano; pero no se atrevía a hablar del tema con su padre. Se las arregló para pasar un año en otro lugar junto con un amigo cristiano. Una vez de vuelta a su hogar, fue nombrado maestro en una escuela primaria musulmana. Allí tenía que repetir oraciones islámicas y asistir a la mezquita, en cuerpo pero no en espíritu. No se atrevía a ir a la iglesia de su pueblo los domingos, sino que visitaba a un familiar cristiano a varios kilómetros de distancia para congregarse con él. Pidió el bautismo al ministro de esa iglesia, y poco después de cumplir los diecinueve años fue bautizado en secreto, cambiando su nombre de Tiyamiyu por el de Timoteo. Su padre se enteró pronto y convocó a la familia a una reunión, anunciando que el viernes siguiente llevaría a Timoteo a la mezquita para lavarle el bautismo y hacerlo musulmán de nuevo. El joven escuchó la conversación con mansedumbre, y por fin pudo exponer su punto de vista: «¿No es cierto que sus padres eran paganos antes de hacerse ustedes musulmanes? ¿Acaso a ustedes los obligaron a seguir siendo
paganos? Ellos les permitieron convertirse al islam porque ustedes creían que era lo correcto. Si ustedes me obligan a ser musulmán cuando mi corazón me dice que siga a Jesucristo, ¿no sería eso un pecado de su parte?»

La familia estaba molesta, pero aceptó que la decisión del joven era inevitable. Este obtuvo un empleo como maestro, empezó a recibir educación cristiana y, finalmente, se graduó en el Colegio Teológico Emanuel en Ibadán. Ya sus allegados estaban más o menos reconciliados con él, podían visitar su hogar, pero no se le permitía hablar una sola palabra acerca de su fe cristiana con ningún miembro de su familia. También tenía que contribuir con dinero para la celebración de ciertos festivales musulmanes. Después de muchos esfuerzos persuasivos, Timoteo logró que su padre fuera a presenciar su ordenación al ministerio. El joven leyó el evangelio y luego ayudó a servir los elementos en la Santa Cena. Su padre le preguntó después:

—¿Qué era lo que estaban repartiendo?
El replicó:
—No puedo explicártelo ahora, pero oraré para que un día puedas participar.
Esa era la primera vez que su padre asistía a un culto cristiano. De alguna manera, Dios le habló en aquella ocasión y él vio allí Su gloria, porque a la siguiente semana manifestó:
—Voy a ir a la iglesia contigo. Desde ese momento en adelante, empezó a decirle a todo el mundo que era seguidor de Jesucristo. Varios jóvenes de la familia también lo han hecho, pero hasta el día de hoy la mamá de Timoteo sigue siendo devota musulmana. Cuando visita a su hijo, lo primero que le pregunta es: «¿Habrá un lugar donde pueda hacer mis oraciones?»

Durante los primeros años después de su conversión, Timoteo no quería saber nada del islam. Para él era simplemente la religión que había rechazado. Cerró su mente a ella. ¿Para qué molestarse con algo así? Por esto, se sorprendió cuando al final de su curso de teología, se le pidió que asistiera a un curso de cuatro meses sobre estudios islámicos. Allí no sólo aprendió a leer y a traducir algunas de las partes del Corán, sino que también llegó a comprender mejor al islamismo y a sus seguidores.

Cuando empezó a servir como ministro en su primera iglesia, la encontró envuelta en una amarga controversia. Sin embargo, con paciencia, logró que los miembros se reconciliaran. Desde el comienzo mostró que estaba tan interesado en los musulmanes del pequeño pueblo como en los cristianos. Los musulmanes sabían que era un convertido, por lo que se mostraban desconfiados y a la defensiva. Sabiamente, él no discutía el islam, sino que los visitaba al igual que a los cristianos, dedicándose a todo lo que promoviera el bienestar de la comunidad.

Con pala en mano, ayudó en la construcción de la carretera, apoyó la fundación de una maternidad para que la gente no tuviera que caminar trece kilómetros hasta el hospital más próximo. Impulsó un proyecto de cría de peces para dar empleo a los jóvenes. Visitaba regularmente al jeque y a sus consejeros en el palacio. La gente empezó a decir: «Este no es sólo el pastor de los cristianos, sino el pastor de todo el pueblo ». Sin embargo, él no participaba en ceremonias islámicas en las que posiblemente tendría que comprometer su fe.

—Tú sabes recitar la Fatiha. ¡Repítelo con nosotros! —le decían a veces los musulmanes. Pero él, discretamente, les respondía:
—Por favor, discutamos eso en otra ocasión. Cierta vez, un nuevo jeque asumió el trono. Como era musulmán, pronto emprendió la peregrinación a La Meca.

Mientras permaneció allí, los islamitas más fanáticos del pueblo se dedicaron a atacar a los paganos, entrando en sus casas y destruyendo sus ídolos. Los jeques anteriores habían permitido las ceremonias paganas tradicionales, pero la meta de los fanáticos era que el nuevo jeque practicara un islam puro: no dejarían ni rastros del paganismo, para que no tuviera con quien transar. Creían que así los paganos se verían obligados a aceptar el islam. ¡Pero sucedió algo muy diferente! Al final, fue un gozo para los cristianos y la gloria para el nombre de Jesucristo. Los paganos, perseguidos por los musulmanes, jamás aceptarían el islam: empezaron más bien a llegar, en pequeños grupos, a la iglesia cristiana. Ese año fueron bautizados veintiséis adultos: cinco musulmanes y veintiún paganos. Citando un proverbio, los musulmanes decían: «¡Nosotros vaciamos la laguna, pero los cristianos tomaron los peces!»

Después de eso, Timoteo sirvió con el proyecto «Islam en Africa» antes de cursar estudios universitarios sobre el islam. Dispone de un temperamento feliz, cálido y optimista. Es amante de la música y del drama, y los utiliza al servicio del evangelio. Anima a los musulmanes a explicar su punto de vista religioso, ya que desea primero comprender a las personas. Por eso las escucha pacientemente. Cuando llega el momento de testificar sobre Cristo, sabe cómo tranquilizar a su oyente, hablándole con claridad pero sin ofender.

Recomienda conversar calmadamente con uno o dos musulmanes, en lugar de organizar reuniones masivas. Actualmente, ciertos cristianos cuestionan si deben testificar a los musulmanes o no.

¡Timoteo es una respuesta viviente a esa pregunta!

Testimonios de Mártires: Tomás Hauker


“Tomás”, dijo su amigo bajando la voz para no ser escuchado por el guardia. “Tengo que pedirte un favor. Debo saber si lo que otros dicen sobre la gracia de Dios es verdad. Mañana, cuando te quemen en la hoguera, si el dolor es tolerable y en tu mente aún hay paz, levanta las manos sobre tu cabeza. Hazlo antes de morir. Tomás, tengo que saberlo.”



Tomás Hauker le dijo en su susurro a su amigo: “Lo haré”.

Al amanecer, ataron a Hauker al poste, y encendieron el fuego, el cual estuvo ardiendo mucho tiempo, pero Hauker permanecía inmóvil. Su piel estaba quemada por completo y no tenía dedos en las manos. Todos observaban el espectáculo, creyendo que estaba muerto.

De pronto, milagrosamente, él levantó las manos aún en llamas, sobre su cabeza, las elevó al Dios viviente, y con gran regocijo, aplaudió tres veces. Los presentes irrumpieron en gritos de adoración y aplausos.

El amigo de Hauker obtuvo su respuesta. Tomás Hauker, de Inglaterra, fue martirizado en el año 1555.



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Testimonios de Mártires: El Pastor Kim

Pastor Kim y su congregación,
Corea del Norte



Por varios años, el pastor Kim y 27 miembros de su redil vivieron en túneles bajo tierra hechos a mano. Los comunistas descubrieron que los cristianos vivían bajo tierra cuando estaban construyendo una carretera.

Los guardas los sacaron del escondite y los presentaron frente a una multitud de 3000 personas en la aldea de Gok San, donde se llevaría a cabo una ejecución pública. Dijeron a los cristianos: “Nieguen a Cristo o morirán”. Pero los creyentes rehusaron hacerlo.

Entonces el oficial comunista a cargo de la ejecución ordenó separar del grupo a 4 de los niños y prepararlos para ser ahorcados. Con sogas amarradas alrededor de sus pequeños cuellos, el oficial les ordenó nuevamente a los padres que negaran a Cristo.

Ninguno de los creyentes negó la fe en Cristo. En vez de eso les dijeron a sus hijos:

“Muy pronto nos veremos en el cielo”. Los niños murieron calladamente.

Entonces el oficial a cargo ordenó que trajeran una aplanadora, y obligó a los cristianos a que se acostaran en el camino. Mientras el motor de la máquina aceleraba, el oficial les dio una última oportunidad de retractarse de su fe en Jesús. Nuevamente los creyentes rehusaron hacerlo.

Tan pronto la máquina comenzó a moverse lentamente, los cristianos comenzaron a cantar un himno que a menudo cantaban juntos. Mientras sus huesos y sus cuerpos eran aplastados bajo el peso de la inmensa aplanadora, de los labios de los creyentes se podían escuchar las siguientes palabras:

“Más amor por Ti, oh Cristo, más amor por Ti”
A nadie más deseo, más amor por Ti
Que el dolor cumpla su cometido, más amor por Ti,
Entonces mi último aliento, tu alabanza susurrará
Este será el llanto de despedida que mi corazón elevará.
Más amor por Ti, Oh Cristo, por Ti”.

La información sobre la ejecución apareció en la prensa de Corea del Norte como un acto mediante el cual se había suprimido la superstición.

A través de la historia, Los Locos por Jesús han elevado cánticos en sus momentos finales sobre la tierra. Ante el asombro de sus atormentadores, elevaron gozosamente sus voces en alabanza a Dios.



“Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas
(El Apóstol Pablo escrito después de haber sido encarcelado, apedreado y dejado por muerto, haber naufragado y ser torturado en numerosas ocasiones por los que se oponían a él (II Corintios 4:17-18, RV-1960).

 
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