Respondamos Un texto a la vez

Qué quiere decir un determinado texto? Aquí analizamos el contexto para no decir un pretexto, y dar respuesta oportuna acerca de algo que se cree según un determinado pasaje de la Escritura.

¿Quién es Jesucristo?

Ningún tema es tan importante como la identidad de Jesucristo. La cristología correcta puede ser una piedra de tropiezo para muchos, y aquí le damos muchísimo valor. ¿Qué piensa usted de Jesús?

El Catolicismo, ¿es la verdad?

Para algunas personas de muy buena intención el catolicismo es la pura verdad, y un absoluto amén a todo lo que dice la iglesia de Roma. Pero vayamos a la Biblia y ver con qué nos encontramos...

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¿Qué creen los testigos de Jehová?

Sección dedicada al polémico grupo religioso que ha editado su propia versión de la Biblia acomodada a sus doctrinas. Aquí obtendrá detalles para conocer y responder a los miembros de la Watchtower.

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Testimonio de Cipriano Valdés Jaimes, ex sacerdote Católico



No cabe dudas de que usted y yo, en una u otra ocasión, hemos visto un hombre vestido de un manto largo negro, a veces blanco, camina do con sus manos cruzadas y con una serena expresión en su rostro Nuestra primera idea puede haber sido de que estábamos mirando a "un dios vestido como un hombre", para usar una expresión común en ciertos círculos. En realidad, era un sacerdote católico romano, una figura en un velo de misterio.

Yo, Cipriano Valdés Jaimes, era uno de estos sacerdotes. Nací en Michoacán, México, en una familia católica devota, y recibí mi educación primaria bajo la mirada vigilante de los que me enseñaron a observar la frecuente confesión y la comunión diaria. Cuando llegué a la edad de doce años, llamé a la puerta del Seminario Diocesano en Chilapa, en el estado de Guerrero. Durante cinco largos años estudié el latín de Cicerón y Virgilio. Por tres años mi mente fue llenada de la filosofía de los escritores griegos. Con gran cuidado me sometieron a la enseñanza de teología donde aprendí los dogmas del romanismo. Finalmente, el 18 de octubre de 1951, el día de San Lucas el Evangelista, fui ordenado sacerdote.

Sinceramente engañado
En ese día, mediante la imposición de las manos del obispo, se me otorgaron los poderes increíbles, engañosos y falsos que la Iglesia Católica Romana pretende dar a un hombre para engañar a otros. Se me otorgó la capacidad de perdonar los pecados de los hombres, tanto adentro como afuera del horrible confesionario. En ese día recibí el poder sacrificar a Cristo una y otra vez en un altar a mi gusto y antojo. Ahora podía librar almas del purgatorio, un lugar inventado por Roma, mediante un ritual mentiroso y lucrativo. Esta es la innegable enseñanza de la Iglesia Romana de que antes de ir al cielo las almas de los hombres deben pasar a través de dicho lago de fuego. ¡Cuán lejos de la verdad! ¡Qué error! No obstante, eso es lo que yo creía como resultado de la obra penetrante y meticulosa en Dogmática y Teología Moral. Por tanlo, cuando se me dijo que tenía poder para perdonar los pecados de mis congéneres, acepté el hecho de todo corazón, sin darme cuenta de que perdonar pecados es un atributo divino. Esto no puede delegarse a ut hombre. La Escritura dice: "Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados" (Isaías 43:25); "¿Quién  puede perdonar pecados sino sólo Dios?" (Marcos 2:7). Durante veinte años en el sacerdocio católico romano yo participé en esta práctica ridícula, vergonzosa y antibíblica de escuchar diariamente las flaquezas de la sociedad, incluyendo a militares, profesionales y políticos. Yo era el direcIor espiritual en las escuelas. Durante un año ocupé el cargo de Cura Párroco Adjunto, y durante diecinueve años fui Cura Párroco. Tenía sacerdotes asistentes y de confianza que me ayudaban a llevar a cabo mis absurdas obligaciones.

Cristo fue sacrificado una sola vez, por todos
A fin de repetir el sacrificio no cruento de Cristo sobre el altar, se me había dado el poder de convertir el pan en su cuerpo y el vino en su sangre mediante las palabras mágicas de la consagración. Con gozo y profundo respeto acepté esa autoridad. En mis manos se hallaría al mismo Creador del universo, el Dios eterno, hecho hombre por nosotros. ¿Es posible que durante veinte años continué sacrificando a Cristo? Y lo hice hasta cuatro veces los domingos. Qué parodia más asombrosa y vergonzosa era esto mí y para todos los que tomaban parte en lo que Roma llama la Misa. El hombre jamás podría repetir la obra de Cristo en la cruz. Pensar que puede hacerlo es una invención del diablo. En Romanos 6:9, la Biblia dice, "Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él". Entonce ¿cómo puede un sacerdote hacer que él muera una muerte no cruenta [sin sangre]? Hebreos 9:22 declara que "...sin derramamiento de sangre no se hace remisión". Por tanto, ¿que se logra con la misa? ¿Purifica y libra almas del purgatorio? La Biblia declara, "...y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado" (1 Juan 1:7).

Dios es Espíritu
El dogma católico dice que en cada partícula del pan consagrado y en el vino consagrado están presentes el cuerpo y la sangre del divino Jesucristo. ¡Qué falsedad! Cristo dijo, "Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mateo 18:20). Pero el sacrilegio de la mentira y el engaño llegan a su clímax cuando el sacerdote, después de la llamada consagración, eleva el pan y la copa mientras los feligreses se inclinan y golpean sus pechos o elevan la vista hacia el cielo, y exclaman: "Señor mío y Dios mío". Esto es idolatría, la adoración de materia creada. Dios no es un pedazo de pan. "Dios es Espíritu; los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren" (Juan 4:24).

Tradición frente a Verdad
Pero yo creía, enseñaba, predicaba y defendía la doctrina de Roma aunque estuviera de acuerdo con la Palabra de Dios o no. Para mí, esa época, la Iglesia con sus concilios y sus tradiciones estaban antes que las Sagradas Escrituras. La voz del papa tenía más autoridad que la del Espíritu Santo. ¿No era la Iglesia de Roma la sola y única que los hombres estaban obligados a creer y obedecer? Por esa razón, yo, como lo hizo Pablo, perseguí activamente la Iglesia de Dios (Gálatas 1:13). En sus propios lugares de culto desafié a los pastores evangélicos, Protestantes como se les llamaba en el catolicismo romano oficial. Los insulté, los humillé y los obligué a salir de sus parroquias donde yo era señor y amo. No sé cuánta de la literatura de ellos logré destruir. Recuerdo un incidente particularmente vergonzoso. Yo, junto con algunos hombres (¿devotos?), vinimos el encuentro de una mujer cristiana rodeada de un grupo que la escuchaba atentamente mientras ella les presentaba la palabra de Dios. Me abrí paso a la fuerza hasta el centro de la multitud y  comencé a ridiculizarla y humillarla y a la obra que estaba haciendo como una sierva de Dios. Amenacé a la multitud que la rodeaba diciéndoles que morirían sin los sacramentos de la Santa Madre Iglesia. Ordené a los que estaban conmigo que juntaran todas las Biblias que se habían distribuido, porque eran falsas. No tenían el sello de aprobación de la verdadera Iglesia, el NIHIL OBSTAT, o el IMPRIMATUR. Se recogieron sesenta y seis Biblias, que hacía poco habían sido impresas, y con mis propias manos las destrocé y las eché a las llamas. No obstante lo hice lodo por ignorancia. Mi Salvador dice, "El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero" (Juan 12:48).

Llamado por Dios
"Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia" (Gálatas 1:15). Oí dentro de mí su voz diciendo, "Cipriano, aquí no es donde tú perteneces. Deja todo esto". Yo simplemente obedecí y salí. El obispo me llamó y yo regresé a mi parroquia, ofreciendo alguna de las bien gastadas excusas. No obstante, la voz del Señor continuó insistiendo. Mientras yo escuchaba las confesiones, me dijo, "No escuches a las debilidades de los otros. Tú no las puedes perdonar de ninguna manera". Cuando celebraba misa o bautizaba a niños, su voz me interrumpía. Abandoné mi cargo por segunda vez y el obispo me llamó de vuelta otra vez. Y todavía la irresistible voz de Dios que no me dejaba en paz. Al fin no pude aguantar más. Fui a la oficina del obispo y le anuncié que iba a abandonar la iglesia. Me contestó "¿Qué estás diciendo? ¿Que te vas de la iglesia? Si no eres feliz en esta parroquia te voy a conseguir una mejor". Mi respuesta fue, "No, lo que estoy tratando de decirle es que no quiero tener más nada que ver con la Iglesia". El obispo reaccionó con, "¿Qué vas a hacer? ¿Adónde vas a ir?" Y yo simplemente respondí, "No sé lo que voy a hacer, ni adónde voy a ir. Todo lo que sé es que tengo que irme de aquí". Irritado, el obispo se paró y trajo algunos formularios para que los llenara solicitando mi salida de Roma. Su disgusto no era tanto conmigo personalmente sino porque iba a perder a un hombre con dieciocho años de estudio y veinte años de experiencia. No fui despedido del sacerdocio en la Iglesia romana; lo abandoné porque EL SEÑOR ME LLAMO.

Salvado por la obra de Cristo solamente
Un mes después estaba en la ciudad de Tijuana, Baja California, México. Allí el Señor tenía un misionero, bajo la guía del Espíritu Santo, preparado para mostrarme a Cristo como el único Salvador. Finalmente, pude entender la Escritura que dice, "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3:16). He confiado en Cristo; lo he recibido como mi Salvador y como Señor de mi vida. Y debido a esto yo sé que tengo vida eterna. Un hombre no entra al cielo debido a sus obras o sus sacrificios o sus virtudes, grandes como éstas pudieran ser, El único camino al Padre es mediante los méritos ilimitados de Cristo. Ninguna ceremonia, ningún ritual, ningún sacramento puede salvar un hombre.

Estimado lector, ruego que el Espíritu de Dios la otorgue luz, sabiduría y entendimiento para que después de leer mi testimonio se dé cuenta de que la única razón que he dado es para que usted sepa que Dios puede cambiar el criterio, el corazón y la vida de cualquier hombre, no importa cuál sea su condición moral o espiritual. Él me cambió a mí; Él puede cambiarlo a usted. No he proclamado estas verdades para ofenderlo a usted ni a ningún otro. Hay amor en mi corazón y en mi vida porque soy un cristiano nacido de nuevo. Reconozca el hecho de que usted es pecador y confiese sus pecados directamente a Dios tal como yo lo hice un día. Pida a Dios que le perdone sus pecados. Invite a Cristo para que entre en su corazón y su vida, y él le dará la vida eterna. Ahora predico el evangelio en iglesias, el lugares públicos, en prisiones y hogares privados.


Según el Papa sólo la Iglesia Católica puede interpretar las Escrituras


Durante su intervención en el Comité de la Biblia -desde el Vaticano-, que tuvo lugar el pasado viernes (12), el Papa Francisco, rechazó la interpretación subjetiva de la Biblia y dijo que sólo la Iglesia está autorizada para interpretar las Escrituras correctamente.
“El Consejo ha recordado con gran claridad: todo lo que se relaciona con la forma de interpretar las Escrituras que queda sometido al juicio de la Iglesia, que lleva a cabo su comisión y el ministerio divino de conservar e interpretar la palabra de Dios”, dice Francisco.
La posición del Papa evoca la “interpretación medieval”, que muchos papas aplicaron a las Escrituras como lo hizo en una ocasión Inocencio III quien escribió al patriarca griego de Constantinopla en estos términos: «Cristo ha dado el gobierno de todo el mundo a los papas» y, como evidencia conclusiva, añadió: «Pedro en cierta ocasión anduvo sobre las aguas las cuales representaban a las naciones y por lo tanto de ahí se colige que sus sucesores tenemos derecho a gobernar todo el mundo, lo cual incluye las sedes de los patriarcas griegos».
La “interpretación o exégesis medieval”, fue refutada por primera vez por el gran reformador protestante Martín Lutero quien dijo: “La Escritura es su propio intérprete, y no necesita de una autoridad superior a ella”.
Esta es una de las pocas veces que el Papa cita el Concilio Vaticano II (1962 – 1965) y la Constitución del “Dei Verbum” para hablar sobre el papel de la Iglesia.
“La Sagrada Tradición transmite la Palabra de Dios totalmente (….) Por lo tanto, la Iglesia recibe su certeza de todo lo revelado no sólo en las Sagradas Escrituras. Una como la otra debe ser aceptada y venerada con sentimientos similares de compasión y respeto”.
Esta es la tradición que afirma que la interpretación de la Biblia no debe hacerse sólo de manera intelectual, y debe ser enfrentada e insertada dentro de la tradición de la Iglesia Católica, según el Papa.
La posición medieval de Francisco, es posible que desagrade a los católicos contestatarios y protestantes que defienden el derecho a la libre interpretación de las Escrituras. Lo que el Papa no puede aceptar.
“La insuficiencia de cualquier interpretación sugestiva, o simplemente limitada a un análisis es incapaz de captar el sentido global que se ha construido hace siglos por la tradición de todo el pueblo de Dios”.


¿Es verdad que Cristo hace todo lo que dice María?


por Juan Valles

¿Nunca le han dicho que si le pide a la virgen puede obtener con más efectividad que si le pide a Cristo? Esto pudiera parecernos una locura teológica, pero es lo que se enseña en el catolicismo. La idea es que sólo la virgen, la madre del Señor puede apaciguar el ánimo del Salvador, por lo que ella puede mediar entre nosotros y Cristo. Se enseña desde el catolicismo que nadie desprecia una súplica de su madre, y mucho menos Jesucristo.

Para ello hay un pasaje bandera de la Escritura, desde donde basan esta doctrina. En el evangelio de Juan las bodas de Caná sirvieron para mostrar la primera señal milagrosa de Jesucristo. El pasaje dice:
"Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús. Y fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos. Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora. Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que os dijere. Y estaban allí seis tinajas de piedra para agua, conforme al rito de la purificación de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres cántaros. Jesús les dijo: Llenad estas tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo: Sacad ahora, y llevadlo al maestresala. Y se lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua hecha vino, sin saber él de dónde era, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo, y le dijo: Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando ya han bebido mucho, entonces el inferior; mas tú has reservado el buen vino hasta ahora. Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él." (Juan 2:1-11, RV60).

Este pasaje es clave para el catolicismo, ya que este dogma tan importante depende de este fragmento de la Escritura, así como de un enorme apego sentimental hacia la virgen María. De tanto apego, es notorio que la iglesia católica se ha desviado de la objetividad de las Escrituras en pos de la subjetividad de la Tradición, basada en interpretaciones de hombres falibles.

Alfonso de Ligorio (quien fue canonizado como "santo" por el papa Gregorio XIV en 1839 y fue declarado "Doctor" de la Iglesia Católica por el papa Pío IX) en su libro Las Glorias de María, llega a decir frases tan encendidas como éstas:
«Hay cosas que se piden a Cristo y no se reciben, pero si se piden a María son otorgadas.» 

También llegó a decir:
«Si mi Redentor me rechaza, me arrojaré a los pies de María.» «¡Señora nuestra, en el Cielo no tenemos otro abogado que tú!»

En un libro de Francisco Lacueva (Curso de Formación Teológica Evangélica, tomo 8: Catolicismo Romano) se nos narra una leyenda que Ligorio cita, llamada las Florecillas de San Francisco, según la cual el hermano León vio una escala roja para subir al Cielo, con Cristo arriba, por la cual muchos frailes trepaban sin éxito. Vio entonces otraa escala blanca, con la Virgen arriba, por la cual se subía fácilmente, pues Marta conducía de la mano a sus devotos para que escalasen sin dificultad el Cielo. Esto da por sentado que el catolicismo prefiere ir a María que ir ante Jesús, sin importar que la Biblia otorgue la exclusividad de la mediación a Jesucristo.

¿Obedeció Jesús a María?

Pero un análisis del texto en cuestión nos puede dar otra enseñanza. El texto dice "Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora."

Observe que María se da cuenta del problema que enfrentan los novios: se acabó el vino, y acude a Jesús. William Hendriksen agrega que "María no era, probablemente, una de las personas invitadas sino más bien una de las que ayudaban a servir en la boda. Esto podría explicar por qué sabía ella que se había acabado el vino." 

Así que María observó que se acabó el vino, y lo comunicó a Jesús. ¿De que forma lo comunicó? ¿Cree usted que le dio un mandato o le hizo una solicitud? Puede que a nuestros ojos la expresión "¿qué tienes conmigo, mujer?" suene muy descortés, pero es una forma común y familiar de hablar. Aquí lo importante es lo que quiere comunicar el Salvador, lo cual dista de la interpretación de otros. Básicamente Jesús pregunta a María qué vínculo tiene ella en su misión, "¿qué tienes conmigo...?", ¿por qué te entrometes...? ¿qué te importa a ti...? Luego viene la razón de Jesús de hablar a María: "Aún no ha venido mi hora". Aquí hay que considerar que Jesús hace un reclamo sobre su independencia, donde María no debe tener injerencia. Por supuesto, el católico no entenderá esta conclusión. Hendriksen comenta:
"Ella creía que era su deber indicarle a su hijo que tenía que hacer algo para remediar la escasez de vino. Jesús le contestó: “Mujer, ¿qué tienes tú que hacer conmigo? Aún no ha venido mi hora”. Jesús sabía que todas sus acciones habían sido predeterminadas en cuanto al momento exacto de su cumplimiento. María se dio cuenta de que aunque esta respuesta tenía la forma de una suave (incluso misericordiosa) reprensión, contenía, también, una promesa..."

De igual manera piensa James G. McCarthy en su libro El Evangelio según Roma, al decir
El Señor quería que María entendiera que en su misión divina Él no estaba sometido a sus solicitudes. Jesús había venido a hacer la voluntad de su Padre celestial, no de su madre terrenal. Habiendo aclarado esto, el Señor magnánimamente y con un mínimo de fanfarria, proveyó vino para los invitados.  

Raymond Edward Brow presenta un comentario que no podemos pasar por alto En su libro El Evangelio según Juan: I-XII sugiere que el
"¿Qué a ti y a mí?" parece significar "Esto no es asunto nuestro"; en consecuencia, algunos sugieren que Jesús trata de decir a María que aquello no le importa a él ni a ella. Sin embargo, el hecho de que se refiera luego a "mi hora" indicaría que niega únicamente que le importa a él.

El Comentario Bíblico Mundo Hispano, escrito por Rubén O. Zorzoli, destaca:
Quizá María pensaba que las relaciones íntimas de madre-a-hijo que había gozado con Jesús en el hogar en Nazaret todavía estaban en pie. Con esta pregunta, Jesús quería aclarar a su madre que, a partir de ese momento, y en el cumplimiento de su misión, tendría que obedecer la voluntad de su Padre celestial (ver Luc 2:49) por encima de la de su madre. Todavía no ha llegado mi hora daría la idea de que se negaba a "tomar cartas" en el asunto.

Nuevamente me permito un comentario de William Hendriksen:
Así pues, ella esperaba un milagro, porque sabía mejor que nadie quién era él realmente. Sin embargo, todavía no se daba cuenta que la relación de madre a hijo tenía que ser sustituida por la de creyente a Salvador. Ella creía que era su deber indicarle a su hijo que tenía que hacer algo para remediar la escasez de vino. Jesús le contestó: “Mujer, ¿qué tienes tú que hacer conmigo? Aún no ha venido mi hora”. Jesús sabía que todas sus acciones habían sido predeterminadas en cuanto al momento exacto de su cumplimiento. María se dio cuenta de que aunque esta respuesta tenía la forma de una suave (incluso misericordiosa) reprensión, contenía, también, una promesa, y por ello dijo a los sirvientes (διάκονοι: ayudantes; en sentido técnico, como en Fil. 1:1, adquirió el significado de diácono): “Haced todo lo que os dijere”, sugerencia que indudablemente era necesario hacer.

Finalmente, en Respuestas a Preguntas Que Hacen los CatólicosTony Coffey añade:
Pero el análisis sencillo del acontecimiento y del contexto no apoya la afirmación católica. En la boda, María dijo a Jesús que el anfitrión se había quedado sin vino. ¿Le sorprendió esta información? ¿Le había dicho algo que Él no supiera? ¡No! Él es Dios el Hijo y lo sabe todo. ¿Por qué se lo dijo, pues? Ella sabía quién era Jesús y que podía satisfacer las necesidades del momento. Por lo tanto, María indicó a los siervos que hicieran todo lo que Jesús les ordenara...
No hay nada en esta historia que indique que es legítimo orar a María. Para llegar a esta conclusión tenemos que pasar por alto lo que dice este relato en realidad y tenemos que darle un significado diferente del que le quiere dar Juan cuando recoge este incidente.

Basta con estos comentarios para obtener luz sobre este pasaje. Y el católico debe preguntarse de la forma más racional posible si este pasaje de Juan puede gritar más fuerte que todo un coro de voces que a gritos nos dicen lo contrario desde las páginas de la Biblia. Esta es la mejor parte.


¿Qué dirá el católico de este pasaje...?
Hay un texto bien claro en la Biblia acerca de nuestro estudio, tan claro que no permite ambigüedades. ¿Es cierto que Jesús hace todo lo que dice María? ¿Qué dirá el católico cuando sepa que la Biblia muestra algo muy diferente a esto? Nuestro pasaje dice:

Mientras él aún hablaba a la gente, he aquí su madre y sus hermanos estaban afuera, y le querían hablar. Y le dijo uno: He aquí tu madre y tus hermanos están afuera, y te quieren hablar. Respondiendo él al que le decía esto, dijo: ¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre.

Este texto está en Mateo 12:46-50, aunque también podemos hallarlo en Lucas 8:19-21 o Marcos 3:31-35.  Este relato constituye un poderoso argumento apologético en contra del dogma católico. El pasaje es claro: María no tiene autoridad alguna sobre Jesucristo. El Señor no sólo se negó a recibir a su madre sino a también a sus hermanos. Y más allá de lo que un católico pueda pensar, no debemos pasar por alto que Jesús le da más importancia a los que tenía alrededor que a su propia familia, indicando que su verdadera familia no era su madre y hermanos terrenales, sino los que tenía alrededor: los que hacen la voluntad de su Padre que está en los cielos. 

Hendriksen escribe al respecto: "Fue hacia sus discípulos, el círculo más íntimo, que él extendió con amor la
mano. A ellos dio este título de honor: “mi madre y mis hermanos”; sí, y “mis hermanas” también..." Es tan crudo este momento que la familia de Jesús no se vuelve a mencionar en todo el evangelio de Mateo, con excepción de María, al final del mismo.

Pregunto: ¿podemos afirmar que Jesús hace siempre lo que dice su madre? Obviamente no. Entonces, si la Iglesia Católica dicen una cosa y la Biblia dice otra, ¿a quién obedecerá usted?


¿Se contradice la Biblia?

Decir que María doblega el brazo de Cristo por nosotros es contradecir la Escritura. Decir que es a María a quien debemos acudir en oración es admitir que la palabra de la Tradición puede más que la Palabra de Dios. A continuación presento algunos textos que están en clara oposición al dogma católico de confiar en María como nuestra mediadora.


La Biblia nos dice los requisitos que debe tener alguien para poder interceder por nosotros:
"Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros". (Romanos 8:34).

Obviamente María no cumple con este perfil, no puede interceder. 


La Biblia no está de acuerdo con el catolicismo en que María sea nuestro abogado. Por algo establece:
"... si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo". (1Juan 2:1)

La Biblia refuta las ideas católicas de que María puede interceder por nosotros ante un Jesús enojado. No es cierto que el Salvador no se compadezca de nosotros, pues está Escrito
"Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro." (Heb 4:15,16).

Si usted cree que María le ayuda no obedece a la Biblia, pues dice la Escritura: 
"He aquí, Dios es el que me ayuda". (Salmos 54:4). 

Y también dice: 
"De manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre". (Hebreos 13:6)
Según la Biblia, ¿cuántos mediadores hay entre Dios y nosotros? Si María fuera mediador, la Biblia dijera que hay dos. Pero el catolicismo viola este principio incluyendo a María en esta fórmula. La Escritura establece:
"Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre" (1Timoteo 2:5)
Por último, ¿se recuerda que en Juan 2:5 María le dijo a los que servían "Haced todo lo que os dijere"? Siguiendo esta maravillosa recomendación de María no podemos sino obedecer. La Biblia establece:
"Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar." (Mateo 11:28)
Entonces, ?qué más prueba quiere de que no es a María sino a Cristo a quien debemos ir? ¿No le parece que es irracional y anti-bíblico el dogma católico al respecto? A continuación una historia que no debe pasar por alto.


El Testimonio de Charles Chiniquy

Charles Chiniquy fue un sacerdote jesuita por veinticinco años que terminó volviéndose protestante debido a una crisis de conciencia que le produjo la lectura de la Biblia. Como admitiera más tarde en su libro 50 Años en la Iglesia de Roma, su gran ambición era convertir a los protestantes hacia el catolicismo, el cual consideraba que era el único medio para alcanzar salvación. Pero luego se dio cuenta que la Iglesia católica no era la Iglesia de Cristo, diciendo textualmente  "Esa triste verdad no me había sido revelada por ningún protestante ni ningún otro enemigo de la Iglesia. Me lo dijo uno de sus más instruidos y devotos obispos!" . Así Charles Chiniquy nos relata lo que encontró una noche leyendo las Escrituras:
"Antes de dormir, tomé mi Biblia como siempre y me arrodille delante de Dios. Leí el capítulo doce de Mateo con un corazón devoto y un sincero deseo de entender. Extrañamente cuando llegué al versículo cuarenta y seis sentí una admiración misteriosa como si hubiera entrado por primera vez en una tierra muy nueva y santa.

Aunque había leido ese versículo y los que siguen muchas veces, llegaron a mi mente con una frescura como si nunca los hubiera leido antes. Lentamente y con intensa atención, contemplé la llegada de María a la casa para encontrarse con su divino hijo que había estado tanto tiempo ausente de ella. ¡Mi corazón palpita ba de gozo ante el privilegio de presenciar esa entrevista y oir las respetuosas palabras que Jesús dirigía a su madre! 
Con mi corazón y alma estremecidos con estos sentimientos, leí atentamente: "Mientras él aún hablaba a la gente, he aquí su madre y sus hermanos estaban afuera, y le querían hablar. Y le dijo uno: He aquí tu madre y tus hermanos están afuera, y te quieren hablar. Respondiendo él al que le decía esto, dijo: ¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre." (Mt. 12:46-50).  
Apenas terminé de leer el último versículo cuando grandes gotas de sudor empezaron a fluir por mi rostro, mi corazón latía con tremenda velocidad y casi me desmayé. Me senté en mi sillón esperando en cualquier momento caer al suelo. Sólo los que han oído el ruido tronante de las cataratas de Niágara y han sentido el temblor de las rocas debajo de sus pies tienen idea de lo que sentí en esa hora de agonía. Mi conciencia retumbaba como la voz de mil Niágaras diciéndome: -Predicaste una mentira sacrílega esta mañana cuando dijiste a tu congregación ignorante y engañada que Jesús siempre le concede las peticiones de su madre, María. ¿No te da vergüenza engañarte a ti mismo y a tus pobres compatriotas con semejantes falsedades absurdas?  
-Leelo nuevamente y comprende que lejos de concederle todas sus peticiones a María, Jesús siempre, excepto como niño, ha dicho no a sus peticiones. Cuando ella le pedía algo en público él siempre la reprendía... 
Me sentí tan confundido por la voz que me conmovía hasta los huesos que pensé por un momento que estaba poseído por un demonio... 
-No es la voz de Satanás la que oyes. Soy Yo, tu Salvador y tu Dios el que hablo. Lee cómo Marcos, Lucas y Juanb te dicen cómo yo recibía sus peticiones desde el día que comencé a trabajar y hablar públicamente como el Hijo de Dios y el Salvador del mundo...
¿Qué podía responder? Temblando de cabeza a pies, caí de rodillas clamando a la VIrgen María que acudiera a mi auxilio y le pedí que no sucumbiera ante esta tentación y perdiera mi fe y confianza en ella. Pero entre más oraba, más fuerte la voz parecía decirme: -¿Cómo te atreves a predicar semejante mentira cuando nosotros te decimos lo contrario por orden de Dios mismo!
En vano lloraba, oraba, clamaba y luchaba desde las diez de la noche hasta las tres de la mañana. De repente, el milagro de cambiar el agua en vino que Cristo hizo a petición de su madre vino a mi mente.
Yo siempre aceptaba ese texto como prueba de que el primerísimo milagro de Jesucristo fue hecho a petición de su madre. Yo estaba preparándome para responder a los tres testigos: -Aquí está la prueba de mi confianza en la intercesión de María; aquí está la evidencia innegable que Jesús no puede rehusar cosa alguna que su madre pida! 
Armado con estas explicaciones de la Iglesia, estaba punto de confrontar lo que San Mateo, San Marcos y San Lucas me decían cuando de repente, vino a mi mente un pensamiento angustioso como si los tres testigos me dijeran: ¿Cómo puedes estar tan ciego como para no ver que en lugar de ser un favor concedido a María, este primer milagro es la primera oportunidad escogida por Cristo para protestar en contra de la intercesión de ella! Es una advertencia solemne a María a nunca interponerse ante las necesidades de otros y para nosotros a nunca confiar en su intervención.
Aquí, María evidentemente llena de compasión por esa pobre gente que no tenía los medios para proveer el vino para los invitados que habían venido con Jesús, quiere que su hijo les dé lo que hacía falta. ¿Cómo responde Cristo a su petición? El responde con una reprensión... En lugar de decir Sí, Madre, haré lo que deseas; él dice: ¡Mujer! ¿Qué tienes conmigo? Esto claramente significa: Mujer, no tienes nada que ver en este asunto. No quiero que te interpongas entre las necesidades de la humanidad y yo. 

Todo lo anterior sirve para concluir que sólo la Biblia es nuestra regla a seguir, no lo que diga el hombre. Una vez más ha quedado demostrado que puede presentarse un conflicto entre la Biblia y el catolicismo, y tomar partido a favor del catolicismo no es un muy inteligente que digamos: no es bueno llevarle la contraria a Dios. Tenga bien claro esto: no es a María, es a Cristo a quien vamos a ir. Si Cristo quisiera que pidiéramos a María lo habría dicho en Juan 14:14. Cristo no nos enseñó el rosario sino el padrenuestro.

Bendiciones.
Juan Valles.

El dogma del Purgatorio

por Samuel Vila |

La Iglesia Romana enseña:
1° Que existe un lugar de purificación para los difuntos que mueren con pecados veniales, y para los que, aunque perdonados sus pecados mortales, no han satisfecho a Dios debidamente por ellos.
2° Que por medio de piadosos oficios fúnebres puede acortarse la estancia de estos difuntos en dicho lugar de tormento.1

El Santo Evangelio dice:
Que hay un cielo y un infierno; pero no se encuentra en toda la Sagrada Escritura ni una palabra acerca del purgatorio.

La purgación de los pecados se atribuye única y exclusivamente al Señor Jesús, según consta en los siguientes textos:

«Quien habiendo hecho la purgación de nuestros pecados por sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas» (Hebreos 1:3). «La sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado» (1.a Juan 1:7).

Es hacer afrenta a la gracia de Dios creer que El perdona sólo una parte de la culpa del pecado, y que el mismo pecado, una vez perdonado, tiene que ser expiado con alguna pena por parte del pecador. En la parábola del hijo pródigo no se dice que el padre perdonó al hijo y lo encerró en algún sótano de la casa paterna para que satisficiera por los pecados perdonados, sino que le restauró plena e inmediatamente a la condición de hijo, y aun hizo una fiesta en su honor (Lucas 15:11-32).

Al ladrón en la cruz tampoco se le exigió otra purificación que la que el mismo Señor Jesucristo estaba haciendo con su sangre preciosa derramada en el Calvario; pues a pesar de confesarse él mismo tan gran pecador, el Señor le dice: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lucas 23:4143).

El autor de la epístola a los Hebreos dice que el Señor Jesús «con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los que ha santificado» (Hebreos 10:14). Frente a este texto tan claro de la Sagrada Escritura, ¿en qué lugar queda el dogma del reato del pecado y la necesidad de su purificación en el purgatorio? En más de veinte cartas apostólicas que se conservan, jamás se recomienda una oración para los fieles difuntos. ¿No sería esto un olvido grave por parte de los apóstoles, si ellos hubiesen conocido la existencia de este lugar de tormento? Pero es evidente que ellos no creían en semejante dogma, pues el apóstol san Pablo afirma que los que mueren en Cristo van a disfrutar inmediatamente de su presencia (Filipenses 1:23 y 2.a Corintios 5:8). Y ya sabemos que, según las enseñanzas de la Iglesia Romana, aun cuando el alma muera en gracia de Dios, es muy extraño que no le queden pecados veniales o algún resto de culpa que debe ser expiado en el purgatorio.


Opinión de los santos padres
San Agustín escribe: «La fe católica, descansando sobre la autoridad divina, cree que el primer lugar es el reino de los cielos y el segundo el infierno; desconocemos por completo un tercero.»2

Es verdad que el mismo san Agustín, en ciertos escritos suyos, admite la posibilidad de una purificación del alma para entrar en la gloria después de la muerte, pero admite también ser una suposición que no puede basar en textos de la Sagrada Escritura.

En un comentario acerca del pasaje 1.* Corintios 3:13, declara enfáticamente que aquel fuego purificador que los actuales comentaristas católicos suelen identificar con el purgatorio no es otra cosa que las tribulaciones de esta vida; y añade:
«No es increíble que algo semejante suceda después de esta vida, y puede investigarse si es manifiesto o no que algunos fieles se salven a través de un cierto fuego purificador.»3

El mismo san Agustín, al hacer mención de la práctica de orar por los difuntos, en los capítulos 109 y 110 de Enquiridion, expresa una doctrina netamente protestante al afirmar: «Durante el tiempo que media entre la muerte del hombre y la final resurrección, las almas se hallan retenidas en ocultos lugares, según que cada una es digna de reposo o castigo, conforme a la elección que hubiese hecho mientras vivió en la carne.» Por esta última frase prueba su absoluta identificación con la doctrina evangélica de la conversión y el nuevo nacimiento espiritual, del cual él mismo era un buen ejemplo. Pero luego trata de aunar la doctrina apostólica de la seguridad de la salvación con la costumbre, ya muy extendida en la Iglesia de su tiempo, de orar por los difuntos, diciendo: «Estas cosas aprovechan a aquellos que cuando vivían merecieron que les pudiesen aprovechar después.»

Puede observarse la contradicción entre ambas afirmaciones de san Agustín, quien se ve en apuro para conciliar su propia doctrina evangélica de la justificación por la fe personal, con la de la intercesión por los difuntos. La primera cita es una clara alusión a la parábola del rico y Lázaro. Pero dicha historia, que recibimos de labios del único maestro infalible de la verdad, el Señor Jesucristo, declara la imposibilidad de recibir alivio los que sufren por sus pecados en la otra vida, o de cambiar su suerte (Lucas 16:25-26), y no dice nada acerca de que los «consolados» en el seno de Abraham purguen pecado alguno ni necesiten ayuda desde la tierra.

Si las almas, según afirma san Agustín, son clasificadas al morir de acuerdo con la elección que hicieron mientras vivían en la carne, todo depende de esta elección. No necesitan las oraciones y sufragios, que sus deudos podrían olvidar. Si cuando vivían merecieron el favor divino, lo tendrán; sin que Dios lo retenga hasta que se produzcan los tales sufragios, lo que sería una tremenda injusticia imposible de concebir en un Dios justo.

Desconocemos cómo Dios va a juzgar a los seres humanos en la otra vida. Lo único que nos enseña Jesucristo es que será de acuerdo con diversos grados de responsabilidad según su conocimiento de la voluntad de Dios al cometer el mal; pero no se da en la Sagrada Escritura la menor idea de que podamos beneficiarles ni por ofrendas ni por oraciones.

San Juan Crisóstomo declara: «En donde hay gracia, hay remisión; en donde hay remisión, no hay castigo.»4

El mismo san Bernardo, en tiempo más posterior, cuando el dogma del purgatorio se había abierto mucho camino, dice: «Dios obra con liberalidad; El perdona completamente.»5

San Isidoro de Sevilla, en el siglo XIII, escribe: «Ofrecer el sacrificio para el descanso de los difuntos, rogar por ellos, es una costumbre observada en el mundo entero. Por esto creemos que se trata de una costumbre enseñada por los mismos apóstoles.»6

Nótese la debilidad de esta afirmación: «Creemos que se trata», no «sabemos», ni «estamos seguros». Que tal tendencia y costumbre provienen de muy antiguo, no lo pretendemos negar, pues la doctrina pagana al respecto es más antigua que el mismo cristianismo; pero lo cierto es que no se halla tal enseñanza en los escritos que poseemos de los mismos apóstoles en el Nuevo Testamento.

Los católicos suelen aportar como prueba de la existencia del purgatorio algunos textos bíblicos que no tienen valor alguno para tal objeto. Veámoslos:

El primero que citan (pues es el único texto de su Biblia que expresa claramente una idea de purificación después de la muerte llevada a cabo por medio de ofrendas desde la tierra) es un pasaje del 2°libro de los Macabeos, cap. 12:43-46, donde se lee:
«Entonces Judas Macabeo, "habiendo mandado hacer una colecta, reunió hasta dos mil dracmas de plata y las envió a Jerusalén para que se ofreciese un sacrificio expiatorio: bella y noble acción, inspira da en el pensamiento de la resurrección; porque si él no creyera que los muertos resucitarían, era superfluo y ridículo orar por los muertos. Pensando, pues, que hay una recompensa reservada a los que mueren piadosamente —santo y piadoso pensamiento—, hizo un sacrificio expiatorio por los muertos, para que se les perdonase su pecado" (vv. 43-45).»

Este texto probaría algo si se hallara en la Biblia canónica, es decir, en los escritos sagrados que Jesucristo y sus apóstoles consideraron como Palabra inspirada de Dios; pero desafortunadamente es sacado de un libro apócrifo del cual no se encuentra ninguna sola cita en el Nuevo Testamento; libro que fue definitivamente añadido a la Biblia Católica en el Concilio de Trento por el decreto De Canonicis Scritures, el 8 de abril de 1546, a fin de tener un libro en la Biblia que apoyara la doctrina romanista del purgatorio, y sobre todo de las indulgencias, con tanto éxito combatidas en aquel tiempo por la Reforma.

Otro texto que citan con preferencia los apologistas del purgatorio son las palabras de Cristo en el Sermón del Monte, con las cuales el supremo Maestro nos enseña la necesidad de poner fin, del mejor modo y lo más pronto posible, a las querellas con nuestros prójimos:
«Por tanto, si trajeres tu presente al altar y allí te acordares que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu presente delante del altar; y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante» (S. Mateo 5:23-26). 

En este pasaje Jesús está dando consejos acerca de la supresión de todo odio. Nadie debe enojarse sin razón con su hermano, pues Dios conceptúa el odio y el rencor como un pecado mayor de lo que nosotros suponemos (Mateo 5:21-22). En efecto, nadie sabe a dónde puede llevar el espíritu de odio. Se sabe cómo empieza una riña, pero nadie puede prever cómo acabará.

Jesús conocía en su tiempo los peligros de apelar a los tribunales para el arreglo de un pleito; sobre todo tratándose de la justicia de un invasor, que sólo buscaba una excusa para la expoliación del pueblo oprimido. Por consiguiente, lo mejor para el propio interés, y lo que más complacería a Dios, sería la conciliación y la amistad.

Este es el claro y evidente sentido del pasaje. Darle una interpretación espiritual aquí no cabe, pues quien tenía que dársela es Cristo mismo. Es lo que hace en las parábolas del Sembrador y de la Cizaña (S. Mateo, cap. 13). No hay, pues, ninguna razón por que Cristo no dijera aquí, como hace en el capítulo 13 de este mismo Evangelio: «El juez es Dios; el alguacil es el diablo; la prisión es un lugar temporal de tormento que aguarda a las almas después de la muerte; los cuadrantes (moneda romana) son los pecados.»

Entonces, todos los cristianos del mundo aceptaríamos sin reparo alguno la doctrina del purgatorio. Pero el Divino Maestro no dice nada de esto. Cristo mismo no se recató de hablar varias veces del infierno en este «Sermón del Monte». ¿Por qué no había de hacerlo en cuanto al purgatorio, si conocía la existencia de tal lugar?

Aún hay más; en algunas de sus parábolas el Salvador no nos da su interpretación espiritual, pero nos incita a buscarla, advirtiéndonos: «El reino de los cielos es semejante a...» Entonces ya sabemos que la historia que sigue es una alegoría del reino espiritual. Pero no lo dice en este pasaje, del cual la Iglesia Católica pretende sacar nada menos que la doctrina del purgatorio. ¿Por qué? Evidentemente, porque no tiene ningún sentido espiritual, sino moral y práctico, y hay que aceptar lo que dice, y nada más que lo que dice.

Otro texto del cual los expositores católicos hacen gran uso y abuso para tratar de probar la doctrina del purgatorio es el de san Pablo en 1.a Corintios 3:10 a 15, donde leemos: 
«Según la gracia de Dios que me es dada, yo como sabio arquitecto, puse los cimientos; otro edifica encima. Cada uno mire cómo edifica, que cuanto al fundamento nadie puede poner otro sino el que está puesto, que es Jesucristo. Si sobre este fundamento uno edifica oro, plata, piedras preciosas o maderas, heno, paja, su obra quedará de manifiesto, pues en su día el fuego lo revelará y probará cuál fue la obra de cada uno. Aquel cuya obra subsista, recibirá el premio; y aquel cuya obra sea quemada, sufrirá el daño; él, sin embargo, se salvará, pero como quien pasa por el fuego.» (Versión de Nácar-Colunga.)

La idea es bien clara; se trata de la pérdida de aquella recompensa que el Señor dará a sus obreros fieles cuando los éxitos mundanos desaparecerán; si bien el obrero podrá ser salvo, si es un verdadero hijo de Dios; pero sufriendo la vergüenza de ver destruidos sus aparentes éxitos de este siglo. Aquí no hay purgatorio de ninguna clase, puesto que lo que el fuego tiene que quemar, según el texto griego, no es la persona, sino la obra. 

He aquí toda la débil base bíblica del purgatorio, deshecha por una natural exégesis de los principales textos con que tratan de apoyarlo sus defensores. 


La opinión de los paganos
Si bien no se encuentra en la Santa Biblia el dogma del purgatorio, podemos reconocer su origen recordando que era una creencia común entre las religiones paganas. 

Platón, hablando del juicio futuro de los muertos, afirma que «de aquellos que han sido juzgados, algunos deben primeramente ir a un lugar de castigo donde deben sufrir la pena que han merecido».7

Y Virgilio dice: «Ni tampoco puede la mente envilecida, Encerrada en el oscuro calabozo de las almas, Ver el cielo natal ni reconocer su ser celeste; Ni aun la muerte puede lavar sus manchas, Sino que la suciedad antiguamente contraída permanece aún en el alma; Llevan las reliquias del vicio Inveterado, Y manchas de pecado obsceno aparecen en cada rostro. Por esto varias penitencias se prescriben; Y algunas almas quedan suspendidas al viento. Otras son echadas al agua, y otras purgadas en fuego Hasta que se haya agotado toda la malicia del pecado; Todas tienen sus manes y estos manes sufren. Las pocas así limpiadas se van a estas mansiones Y respiran en vastos campos el aire del Elíseo, Y entonces son felices cuando con el tiempo Concluye la mancha de cada crimen cometido, Y nada queda de su habitual pecado, Sino sólo el puro éter del alma.»8

Esta doctrina resultaba muy provechosa para los sacerdotes paganos, porque era la base de sufragios piadosos por los difuntos. Platón habla de «un misterio y el más costoso de todos los sacrificios, llamado el Télete, que era ofrecido por los vivos y los muertos para librarles de todos los males a que los malignos están expuestos al abandonar este mundo».9

Tales eran las ideas de los paganos a los cuales fue predicada la doctrina cristiana. No es extraño que algunos cristianos, imbuidos de estos pensamientos, al aceptar la nueva fe empezaran a orar por sus difuntos y a recomendar esta clase de oraciones, pero no sin tener la oposición de muchos cristianos piadosos que condenaban totalmente a orar por los que, según la Escritura, «descansan de sus trabajos».10

Los que, inclinados un poco hacia aquella creencia, como san Agustín, oraban por sus difuntos, era siempre con duda y como medida de precaución, teniendo que reconocer, sin embargo, que no podían encontrar en las Sagradas Escrituras una clara enseñanza de dicha doctrina.

El dogma del purgatorio, en sus principios, fue condenado en el concilio general celebrado en Constantinopla en el año 573, y no fue aceptado como tal hasta el concilio de Florencia en 1439.


Bibliografía:
1 Código de Derecho Canónico, lib. HI, art. 2°, ap. 809.
2 August, Hirog., I, 5, tomo VIL Bosel, 1529.
3 Enquiridión, capítulos LXVIII y LXIX. Esta actitud de duda por parte de san Agustín y otros padres de la Iglesia muestra claramente que tal doctrina no era de origen apostólico, sino una infiltración pagana, que pareció plausible para resolver el aparente problema concerniente al destino de las almas, con insuficiencia de méritos para «merecer» el cielo. Pero tal preocupación no muestra sino un olvido de la doctrina apostólica de salvación completa por Cristo. Nadie es bastante bueno para merecer el cielo. Pero cualquier cristiano que se mantiene sinceramente en el camino de la fe y la piedad puede estar seguro de la vida eterna, porque «si andamos en la luz, como El está en la luz, entonces estamos en comunión unos con otros y la sangre de Jesús, su Hijo, nos purifica de todo pecado» (1.a Juan 1:7). Si la sangre (o sea la obra expiatoria) de Jesucristo nos purifica de todo pecado, ¿cuáles son los pecados que quedan para ser purificados en el purgatorio?
4 Homilía VIII en Epit. ad Roma.
5 Serm. de Fragmentis.
6 De eccles. off., 1, 18, 11; ML 83, 757.
7 Platón, Phaedrus, pág. 249, A, B.
8 Dryden, Virgilio, lib. VI, líns. 995-1012, tomo II, página 536. Citados en el libro Las dos Babilonias, de A. Hislop,
pág. 276.
9 Phaedrus, por Platón. Tomo II, págs. 364-365.
10 Apocalipsis 14:13


¿Fue Pedro el primer papa, como afirma la iglesia católica?

por Ralph Woodrow | 


Estatua de Pedro
Al frente de la Iglesia Católica Romana está el Papa de Roma. Este hombre, de acuerdo con la doctrina católica, es la cabeza de la Iglesia y sucesor del apóstol Pedro. De acuerdo a esta creencia, Cristo eligió a Pedro como el primer Papa, quien entonces fue a Roma y sirvió en este puesto durante veinticinco años. Comenzando con Pedro, la Iglesia Católica reclama una sucesión de papas hasta el día de hoy y sobre esta creencia está construida la fundación de la Iglesia Católica en su totalidad. ¿Pero enseñan las Escrituras el que Cristo haya ordenado a un hombre por encima de todos en la Iglesia? ¿Reconocieron los primeros cristianos a Pedro como tal? La respuesta a estas preguntas es ¡no! Las Escrituras enseñan claramente que había una igualdad dentro de los miembros de la Iglesia de Cristo y que El «es la Cabeza de la Iglesia» (Efesios 5:23), ¡no el Papal

Jacobo y Juan, junto con su madre, fueron al Señor una vez pidiendo que uno de ellos se sentara a la derecha y el otro a la izquierda en su reino (en los reinos orientales, los dos ministros principales del estado, segundos en autoridad tras el monarca, eran sentados uno a la derecha y otro a la izquierda). Bien, si la declaración católica fuera verdadera, Jesús les hubiera contestado que ya había otorgado el lado derecho a Pedro, ¡y que no pensaba crear sitio para nadie en su izquierda! Pero, sin embargo, he aquí la respuesta que Jesús les dio: «Sabéis que los príncipes de los gentiles se enseñorean sobre ellos y los que son grandes ejercen potestad sobre ellos» (Mateo 20:20-26 y Marcos 10:35-43).

En otras palabras, Jesús les dijo a sus discípulos que no debían actuar como reyes. ¡Ellos no eran para ponerse coronas, sentarse en tronos, ni asemejarse a los reyes gentiles! Pero todas estas cosas han hecho los papas a través de los siglos. En esta declaración, nuestro Señor dice claramente que ninguno de ellos debía hacerse grande sobre los demás. Por el contrario, les enseñó la igualdad, negando claramente los principios que involucra el tener a un Papa reinante sobre la Iglesia, como el «obispo de obispos».

El hecho de que debía haber igualdad entre los apóstoles, se ve también en Mateo 23:4-10. En este pasaje Jesús amonestó a los discípulos contra el uso de títulos como el de «padre» (la palabra papa significa «padre»), rabino o maestro, «...porque uno es vuestro Padre, el cual está en los cielos» y «porque uno es vuestro Maestro, el Cristo», y «...todos vosotros sois hennanos». Ciertamente, la idea de que uno de ellos debiera ser exaltado a la posición de Papa está en desacuerdo completamente con estos textos.

Pero a los católicos romanos se les enseña que Pedro era tan superior a los otros discípulos, ¡que la Iglesia entera fue edificada sobre él! El versículo que usan para apoyar esta declaración, es Mateo 16:18: «Mas yo también te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella».

Sin embargo, si tomamos este versículo en su contenido, podemos ver claramente que la Iglesia no fue construida sobre Pedro, sino sobre Cristo. En los versículos anteriores, Jesús preguntó a sus discípulos sobre lo que decían los hombres que El era. Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías y algunos decían que era uno de los profetas. Entonces Jesús les preguntó: « ... y vosotros, ¿quién decís que soy?» Y Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente». Entonces Cristo contestó: «Tú eres Pedro [petros, una piedra, una pequeña roca], y sobre esta piedra [petra, una masa rocosa, la gran roca de fundación, o sea, la gran verdad que Pedro expresó] edificaré mi Iglesia». La Roca sobre la cual la verdadera Iglesia había de ser edificada, era conectada con la expresión de Pedro -«Tú eres el Cristo»--y así la verdadera fundación sobre la cual la Iglesia fue construida, fue sobre el mismo Cristo, no sobre Pedro.

Hay otros versículos que indican muy claramente quien es la verdadera roca de fundación; sabemos con entera seguridad que no fue Pedro, pues éste mismo declaró que Cristo era la roca de fundamento (La Pedro 2: 4-8). Dijo también el apóstol a los líderes israelitas que Cristo era la piedra «reprobada por vosotros los edificadores» y que «no hay otro nombre en quien podamos ser salvos ... » (Hechos 4: 11-12). La Iglesia fue construida sobre Cristo. El es el verdadero fundamento y no hay otro. «Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo» (1a Corintios 3: 11).

Es obvio que los otros discípulos no tomaron las palabras de nuestro Señor -«sobre esta piedra edificaré mi Iglesia ... »- como que estaba exaltando a Pedro para ser su papa, pues dos capítulos más adelante le preguntaron a Jesús acerca de quién sería el mayor (Mateo 18: 1). Si anteriormente Jesús hubiera declarado a Pedro como aquél sobre el cual se habría de edificar la Iglesia; si este verso probara, que Pedro habría de ser el Papa, ¡entonces los discípulos hubieran sabido naturalmente quién era el mayor entre ellos y no lo hubieran preguntado!

No fue sino hasta la época de Calixto, obispo de Roma del año 218 al 233, que Mateo 16: 18 fue usado primeramente como un intento de probar que la Iglesia fue fundada sobre Pedro y que el obispo de Roma era su sucesor. Comparemos más de cerca a Pedro con los papas, ¡y veremos concretamente que Pedro no fue papa!


1. Pedro era casado. El hecho de que Pedro fuera un hombre casado no armoniza con la posición católica romana de que el Papa debe ser soltero. Las Escrituras nos dicen que la suegra de Pedro fue sanada de una fiebre (Marcos 1:.30 y Mateo 8:14). ¡Naturalmente que Pedro no podía tener suegra, si no tuviera esposal

Sin embargo, algunos tratan de explicar esta discrepancia diciendo que Pedro cesó de vivir con su esposa. Si así fue, ¿entonces su esposa lo dejó? ¿Por qué? ¿Fue acaso incompatibilidad de caracteres? ¿O tal vez él la dejó? Si así fue, entonces fue un desertor. En cualquiera de ambos casos, ¡fue una pobre fundación sobre la cual construir una Iglesia.

Pero la Biblia indica claramente que Pedro ¡no dejó a su esposa! Veinticinco años después de que Jesús regresase al cielo, el apóstol Pablo menciona que los diferentes apóstoles tenían esposas -incluso Cefas (1.a Corintios 9:5). Cefas era el nombre en arameo de Pedro (Juan 1:42). Obviamente, Pedro no había abandonado a su esposa.

2. Pedro no permitía que un hombre se le arrodillara a sus pies. Cuando Pedro entró a la casa de Carnelio, leemos que «Cornelio salió a recibirle y derribándose a sus pies, adoró. Mas Pedro le levantó diciendo: Levántate, yo mismo también soy hombre» (Hechos 10:25·26). ¡Esto difiere mucho de lo que hubiera hecho y dicho un papa! Los hombres se humillan ante el Papa y él se complace en esto.

3. Los papas colocan la tradición en igual sitio que la Palabra de Dios. Pero Pedro -al contrario tenía poca fe en las «tradiciones de nuestros padres» (1Pedro 1: 18). El sermón de Pedro en el día de Pentecostés estaba lleno de la Palabra de Dios, no de tradiciones de hombres, y cuando las gentes preguntaron qué debían hacer para agradar a Dios, Pedro les dijo: «Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hechos 2: 38).

4. Pedro no fue papa ni portó corona alguna. Pedro mismo explicó que el pueblo de Dios no debía usar coronas en esta vida, pero «cuando apareciese el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria» (1.a Pedro 5:4). Hasta entonces, no hemos de portar corona ninguna. y dado que Cristo no ha regresado, ¡la corona que el Papa usa, no ha sido puesta sobre él por Cristo!

En resumen, Pedro nunca actuó como papa. Nunca vistió como papa, nunca habló como papa, nunca escribió como papa, y el pueblo jamás se dirigió a él como tal. ¿Por qué? ¡Porque Pedro no era papa!

Probablemente en los primeros días de la Iglesia, Pedro tomó una posición preeminente entre los apóstoles. Esto no lo negamos. Fue Pedro quien predicó el primer sermón después de descender el Espíritu Santo en el día de Pentecostés y tres mil almas fueron añadidas al Señor ese día. Después fue Pedro quien primeramente llevó el Evangelio a los gentiles. Siempre que encontramos una lista de los doce apóstoles en la Biblia, Pedro es siempre el primero en mencionarse (Mateo 10:2, Marcos 3:16, Lucas 6: 14 y Hechos 1: 13). ¡Pero ninguno de estos casos, ni siquiera usando mucha imaginación, indica que Pedro fuese el papa u obispo universal de los obispos!

Aunque aparentemente Pedro tomó el sitio más sobresaliente dentro del apostolado en un principio, Pablo, años más tarde, es quien parece haber tenido el ministerio más notorio. Como escritor del Nuevo Testamento, por ejemplo, Pablo escribió 100 capítulos con 2.325 versículos, mientras que Pedro sólo escribió 8 capítulos con 166 versos. De modo que el ministerio de Pablo tuvo un alcance superior al de Pedro.

En Gálatas 2:9, Pablo escribió de Jacobo, Pedro (Cefas) y Juan como columnas de la Iglesia Cristiana. Pero Pablo pudo decir: «En nada he sido menor que los sumos apóstoles, aunque soy nada» (2.a Carintios, 12: 11 y 11:5,). Pero si Pedro hubiese sido el pontífice supremo, el Papa, ¡entonces, ciertamente, Pablo hubiera sido algo menor que Pedro! Obviamente no fue este el caso. Luego, en Gálatas 2: 11, leemos que Pablo le llamó la atención a Pedro « ... porque era de condenar». ¡De esto podemos deducir que Pedro no era consi4eradó como un papa «infalible»

Fue Pablo .el apóstol de los gentiles» (Romanos 11: 13), en tanto que el ministerio de Pedro fue encaminado hacia el evangelio de la «circuncisión», es decir, a los judíos (Gálatas 2: 1-9). Este solo hecho parece prueba suficiente de que Pedro no fue obispo de Roma, como se enseña a los católicos, porque Roma era una ciudad gentil. Todo esto es sumamente significativo; especialmente cuando consideramos que el fundamento total del catolicismo romano está basado en la declaración de que Pedro fue el primer obispo romano.

Se pretende que Pedro fue a Roma por el año 41 d. de C., y fue martirizado alrededor del 66 d. de C., ¡pero ni tan siquiera existe la menor prueba de que Pedro estuviera en Roma! Al contrario, es evidente, en el Nuevo Testamento, que estuvo en Antioquía, Samaria, Cesarea, Joppe y en otros sitios, ¡pero nunca dice que fuera a Roma! Esta es una extraña omisión, ¡especialmente cuando recordamos que Roma era la capital del Imperio y se la tenía como la ciudad más importante del mundo! Sin embargo, dicen los católicos romanos que Pedro sufrió martirio allí después de un pontificado de veinticinco años. Si aceptamos el año 66 d. de C. como la fecha de su martirio, esto indicaría que fue obispo de Roma desde el año 41 al 66 d. de C. Pero en el año 44 d. de C., Pedro se hallaba en el Concilio de Jerusalén (Hechos 15). Cerca del 53 d. de C. 

Pablo se reunió con él en Antioquía (Gálatas 2: 11), cerca del 58 d. de C., Pablo escribió su carta a los cristianos de Roma, en la cual envía saludos a 27 personas, pero ni siquiera menciona a Pedro. ¡Imagínese usted a un misionero escribiendo a la iglesia, saludando a los 27 miembros principales pero sin mencionar al pastor!

Ante la estatua que figura en esta fotografía se han postrado miles de personas. Se supone que es la estatua de Pedro; pero, como hemos de ver, en realidad tan sólo es un ídolo de origen no cristiano. Con un estudio profundo de las Escrituras, encontramos que Pedro no fue obispo de Roma, que no fue el primer Papa y que el oficio papal no fue instituido por Cristo. Entonces, ¿cuál es el verdadero origen de tal oficio y por qué tratar de unir a Pedro con Roma?

Una respuesta Bíblica sobre los Apócrifos del Antiguo Testamento


por Juan Valles

Mientras escribo estas lineas estoy siendo llamado a responder a un católico acerca de este tema, y decidí no sólo responderle sino dejar un artículo que se pueda consultar, con argumentos sólidos acerca de un tema tan relevante. Quizá alguno piense que los apócrifos del Antiguo Testamento (A.T.) no sea algo como para desvelarse, pero al tomarlos en cuenta se puede tener un puñado de doctrinas que sabemos no pueden ser sanas.

Los libros apócrifos del A.T. o deuterocanónicos (del segundo canon), como soslayan otros, no fueron excluidos de la Biblia por orden o recomendación de Lutero, como erróneamente se ha afirmado. De hecho, todo comentario de Lutero al respecto es simplemente efecto de la no aceptación previa, incluso mucho antes de que la iglesia católica se haya instaurado. Pero el tema es de ineterés considerando que en estos libros se destacan una seria de afirmaciones que o bien son exageraciones o en un peor caso, desviaciones a doctrinas fundamentales en la Escritura. Por eso es nuestro deber recalcar el porqué de la no aceptación de estos libros, los cuales son 1 y 2 de Esdras, Tobías, Judith, El descanso de Esther, la Sabiduría de Salomón, Siríaco, (también llamado Eclesiástico), Baruch, La Carta de Jeremías, El Canto de los Tres Jóvenes, Susanna, Bel y el Dragón, los agregados a Daniel, la Oración de Manases, y 1 y 2 de Macabeos.

Uno de los argumentos en contra que tienen los que apoyan estos libros es el hecho de que Jesús nunca los mencionó, un argumento si se quiere fuerte a sabiendas de que Jesús citó de muchos libros del A.T. ¿Por qué no los citaría? Alguien me refirió que el A.T. que Jesús leía contenía estos libros, pero si así fuere habría más razón de que los citara, pero nunca lo hizo.


El Testimonio de Jesús acerca de los libros del A.T.
Nuestro Señor Jesús habló muchas veces de los libros del A.T., pero nunca citó alguno de éstos. Y más interesante es el hecho de que Jesús hablara del A.T. en su conjunto tal como lo hacían los hebreos. Una muestra de esto está en Lc 24:44 donde dice: "Estas son las palabras que os hablé estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos."

Aquí Jesús menciona la Biblia hebrea: la Ley de Moisés, los Profetas y los Salmos. Si usted quiere creer en la Biblia debe tomar muy seriamente estas afirmaciones. Pero hay más: ¿Qué ocurriría si Jesús sólo aceptara los libros del A.T. desde Génesis hasta Malaquías? Si esto fuere así es obvio que los deuterocanónicos o apócrifos no tendrían cabida en la Biblia (como de hecho ocurre con las Biblias protestantes), y la iglesia católica debería excluir estos libros de su Biblia. Pero quizá para sorpresa de muchos Jesús sí veía el A.T. como las iglesias protestantes: desde Génesis hasta Malaquías. Lea conmigo:
"... desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías..." (Lc 11:51)

¿Leyó bien? Desde Abel (Génesis) hasta Zacarías, ¡los extremos de la Biblia para Jesús! En el canon hebreo el libro de Génesis era el primer libro, y el último era 2Crónicas, donde se relata la muerte de Zacarías (2Cr 24:21), que en nuestras Biblias equivale a desde Génesis hasta Malaquías. Tal es la apreciación del teólogo Charles Ryrie en su "Teología Básica", que dice:
"Aquí el Señor afirmó algo definitivo tocante a la extensión del canon del Antiguo Testamento que El aceptaba. Al condenar a los líderes del pueblo judío por matar a los mensajeros de Dios a través de su historia, El los acusó de ser culpables de derramar la sangre de todos los justos desde Abel hasta Zacarías. Ahora bien, el homicidio de Abel se narra en Génesis 4, y el de Zacarías en 2 Crónicas 24, que fue el último libro en el arreglo del canon hebreo (como Malaquías lo es en nuestro arreglo). Así que el Señor estaba diciendo: “Desde el primer homicidio registrado en el Antiguo Testamento hasta el último”. Ahora bien, por supuesto que hubo otros homicidios de mensajeros de Dios que se relatan en los libros apócrifos, pero el Señor no los tomó en cuenta. Evidentemente El no consideraba que los apócrifos tuviesen igual autoridad que los libros de Génesis a 2 Crónicas."
Esto da por sentado que no hay posibilidad alguna de incluir estos libros que la iglesia católica apoya.


¿Haríamos caso a los judíos?
Pero, dado que los argumentos expuestos radican en que fueron los judíos quienes nunca los aceptaron, alguno podría decir que éstos se podrían equivocar respecto a los libros del mismo modo como se equivocaron con Jesús. ¿Es posible? No. Tendríamos que suponer con esto que Jesús también se equivocó, lo cual es imposible. Pero surge la pregunta: ¿podrían tener razón los judíos acerca de los libros? ¿A quién obedeceríamos luego de tanta historia, al catolicismo o a los hebreos? Para responder a ello dejémos que la Biblia nos hable:
"¿Qué ventaja tiene, pues, el judío?... De mucho, en todos los aspectos. Primero, ciertamente, porque les ha sido confiada la palabra de Dios." (Ro 3:2)
¡Esta es la piedra de tranca!

¿Cuál es la escritura correcta? ¿Debemos incluir los apócrifos? La respuesta es clara como el agua: si los judíos la tomaron debemos incluirlos, porque a ellos de les confió. El problema es que no los tomaban en cuenta en lo que era La Escritura. No dudo que estos libros hayan sido de consulta por algún valor histórico o referencial, pero no hay duda de que no formaban parte de los libros sagrados para los hebreos. Eso debe reconocerlo cualquier católico, aun pese a lo que en vano enseña la iglesia católica. En esto también piensa Charles Hodge en su "Teología Sistemática" al afirmar:
"¿Qué libros tienen derecho a un lugar en el canon, o regla de fe y práctica? Los romanistas responden a la pregunta diciendo que todos aquellos que la Iglesia ha decidido que son divinos en su origen, y ningunos otros, deben ser recibidos como tales. Los protestantes replican diciendo que por lo que al Nuevo Testamento respecta, sólo aquellos libros que Cristo y sus Apóstoles reconocieron como la Palabra Escrita de Dios tienen derecho a ser considerados canónicos."

La diferencia es clara: en el catolicismo se le da valor a la opinión de la Iglesia (católica, por supuesto), es decir, lo que a ellos les parece. En cambio nosotros lo hacemos según Jesús y los apóstoles, como ya se ha visto. Así que, respetamos el deseo de cada quién de tomar estos libros apócrifos y basar su doctrina en ellos, pero siquiera Jesús lo hizo, ni los apóstoles, ¿lo haré yo?



¿La septuaginta? ¿Y qué?
Algunos católicos suelen apelar a la septuaginta para intentar mostrar la validez de los apócrifos, alegando que si fueron traducidos es porque los judíos los consideraban canónicos. Pero, que sean traducidos no le confieren carácter de canonicidad.

Para los que no saben, la septuaginta es la traducción al griego de las escrituras hebreas, y no solamente los libros canónicos sino otros de gran valor cultural. EL motivo de hacer tal traducción fue el de compilar en una biblioteca las más resaltantes escrituras de los judíos.

Pedro Puigvert compiló un libro sobre hermenéutica llamado "Cómo llegó la Biblia hasta nosotros". Allí cuenta lo siguiente:
«La versión de los setenta fue una edición compuesta por motivos culturales, no religiosos. Tolomeo II Filadelfo quería reunir en la famosa biblioteca de Alejandría la sabiduría de todo el mundo antiguo y mandó ordenar la traducción al griego de todos los libros existentes en hebreo o escritos por los hebreos, de modo que pudiera disponer de todo el acervo cultural judío.»
Así que, de haber estado en la septuaginta no equivale a nada, ello no le coloca el estatus de canónico, por lo que repito: Si era canónico, ¿por qué Jesús no lo citó como escritura inspirada? De hecho, muchos padres de la iglesia los tacharon y condenaron, aunque su lectura fuere popular, importando poco que hubieren sido traducidos en la septuaginta.


Un Hecho Significativo: El Porqué
Es bien sabido que la canonicidad no se otorga por aparecer o no en el Nuevo Testamento, porque ya sabemos que fue a los judíos a los que se les dio las Escrituras y fueron ellos quienes no las incluyeron, y en base a esto enseñó Jesús. Sin embargo, algunos quizá discrepen por el hecho de que hay autores del NT que citaron estos libros, como por ejemplo el escritor de Hebreos en 11:35 que cita 2Macabeos. Hay un libro denominado "Respuestas a las Sectas" escrito por Norman Geisler y Ron Rhodes, donde hablan destacan este punto:
"El hecho de que en el Nuevo Testamento a menudo tome citas del Antiguo Testamento griego (la Septuaginta) de ninguna manera prueba que los libros apócrifos contenidos en manuscritos griegos del Antiguo Testamento sean inspirados."

Y esto es una gran verdad. De hecho, aun la Iglesia católica rechaza el libro de Enoc, el cual es citado en Judas 14-15. Y eso no es todo: Pablo cita a poetas griegos en sus cartas (Hch 17:28, Tit 1:12, 1Cor 15:33), y todos sabemos que tales libros de estos poetas no están inspirados. Conclusión: el citarlos por parte de los apóstoles tampoco garantiza que deban ser incluidos en el canon.

Bendiciones.

 
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