Respondamos Un texto a la vez

Qué quiere decir un determinado texto? Aquí analizamos el contexto para no decir un pretexto, y dar respuesta oportuna acerca de algo que se cree según un determinado pasaje de la Escritura.

¿Quién es Jesucristo?

Ningún tema es tan importante como la identidad de Jesucristo. La cristología correcta puede ser una piedra de tropiezo para muchos, y aquí le damos muchísimo valor. ¿Qué piensa usted de Jesús?

El Catolicismo, ¿es la verdad?

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Sección dedicada al polémico grupo religioso que ha editado su propia versión de la Biblia acomodada a sus doctrinas. Aquí obtendrá detalles para conocer y responder a los miembros de la Watchtower.

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¿Socialismo en el Nombre de Jesucristo?









Por R.C. Sproul Jr. | 

“Jesús quiere que cuidemos de los pobres. El Socialismo cuida de los pobres. Por lo tanto Jesús quiere el Socialismo”. Es un razonamiento bastante simple. Es, sin embargo, un razonamiento terriblemente defectuoso. La primera premisa, de que Jesús quiere que cuidemos de los pobres, es muy cierta. El que vayamos a rechazar la conclusión, no nos lleva a negar la verdad de la primera premisa. El maltrato hacia los pobres era una inquietud regular para los profetas del Antiguo Testamento, y la adecuada atención de los pobres un tema crucial en el establecimiento de la ley para el pueblo de Dios, Israel. También Jesús habló sobre el asunto, así como varios de los escritores de las epístolas del Nuevo Testamento.

La segunda premisa no es para nada cierta. No es verdad en absoluto. Más adelante voy a señalar su falta de verdad, pero por ahora, estoy dispuesto a conceder que sea verdad, con el fin de demostrar que el razonamiento es todavía defectuoso. Todo lo que tenemos que hacer es sustituir dos premisas verdaderas diferentes y encontrar que la conclusión es falsa. Considera este razonamiento —Es bueno para mi césped que sea regado. Un diluvio de proporciones como las de Noé riega mi césped. Por lo tanto un diluvio de proporciones como las de Noé es bueno para mi césped. O este —Jesús quiere que los criminales sean castigados. Hacer justicia por mano propia castiga a los criminales. Por lo tanto, Jesús quiere que hagamos justicia por mano propia.

La esencia de los tres argumentos se reduce a esto —cualquier medio que permite alcanzar un fin deseado debe ser bueno, algo que deberíamos procurar. En pocas palabras, el fin justifica los medios. El problema es que no lo hace. Una de las funestas influencias del pragmatismo sobre la cultura más amplia y sobre la iglesia es que debemos establecer nuestros fines, con razón o sin ella, y luego ignorar la ley de Dios al decidir cómo perseguiremos esos fines. La ley de Dios, sin embargo, nos muestra no solamente lo que deberíamos perseguir, sino también el modo justo y bíblico de perseguirlo. Hacer las cosas de Dios a nuestra manera acaba siendo hacer nuestras cosas, y no las cosas de Dios.

El Socialismo opera bajo la premisa de que el estado no solo tiene la autoridad para tomar lo que legítimamente pertenece a un hombre para dárselo a otro, sino que tiene la obligación de hacerlo. Sea que se trate de la educación socializada, o la atención médica socializada, o la medicina socializada, o la jubilación socializada, o simplemente el tomar el dinero en efectivo de un hombre para dárselo a otro, es parte de la misma pieza. El que estemos a favor de la educación o la medicina o la jubilación, el que queramos ver a otros recibir estas bendiciones, sin embargo, no debe llevarnos a apoyar programas que toman la riqueza que Dios ha confiado al cuidado de un hombre para dársela a otro. Cuando un hombre toma algo de otro a la fuerza, correctamente llamamos a esto robo, algo prohibido por Dios en los Diez Mandamientos. Cuando diez hombres o diez millones de hombres eligen líderes civiles para tomar la riqueza de otros a la fuerza, esto también es algo prohibido por Dios en los Diez Mandamientos. No hace ninguna diferencia si este robo nos beneficia a nosotros o a aquellos que nos gustaría ver beneficiados.

Lo que nos trae de vuelta a la segunda premisa del argumento original, “el Socialismo cuida de los pobres”. No lo hace. El Socialismo perjudica a los pobres. ¿Cómo sabemos esto? Porque es precisamente lo contrario al modelo que Dios estableció para el cuidado de los pobres. El Socialismo se basa en quitarle al prójimo. El modelo de Dios, al establecer las leyes sobre la recolección de las espigas en el antiguo Israel, se basa en que el prójimo comparta libremente con el pobre [N. del T.: ver Lv 19:9–10, 23:22; cf. Rut 2]. El Socialismo le quita al hombre su dignidad, y su razón de ser, al despojarle del incentivo al trabajo. La recolección de espigas mantiene el llamado al hombre de ser productivo, y mantiene su dignidad. Recoger espigas era una labor difícil y agotadora. Ir a tu buzón para recoger un cheque es por lejos la peor manera de no trabajar, que degrada y maltrata el alma.

Jesús quiere que nosotros cuidemos de lo pobres. Pero el “nosotros” quiere decir tú y yo. No tú y yo votando por un candidato que promete quitar de ellos. No podemos alimentar a los hambrientos en el nombre de Jesús si simplemente le hemos quitado la comida a nuestro vecino. Más bien estamos bautizando lo que realmente hacemos, dar lo que hemos quitado de otros en el nombre del César. Tenemos que dar libremente, de nuestras propias bendiciones. El creciente celo entre los evangélicos más jóvenes por lo que ellos llaman “justicia social”, es por desgracia muy a menudo un celo por la injusticia social. La pasión entre los cristianos mileniales por el cuidado de los oprimidos es loable. Su voluntad de pisar sobre su vecino, sin embargo, no lo es.

Cada uno de nosotros estamos llamados a recibir por gracia, y a dar por gracia. Ninguno de nosotros, sin embargo, está llamado a quitar. Y cuando lo hacemos, tomamos el nombre de Jesús en vano.



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Traducido y publicado con permiso del autor. Este artículo fue publicado originalmente en inglés en el sitio Ligonier.org, y se encuentra disponible en esta dirección: http://www.ligonier.org/blog/socialism-jesus-name/

¿Qué es el Sincretismo?

por R.C. Sproul

El sincretismo es el proceso por el cual algunos aspectos de una religión son asimilados, o incorporados, a otra religión. Esto lleva a cambios fundamentales en ambas religiones. En el Antiguo Testamento, Dios estaba profundamente preocupado con las presiones y las tentaciones hacia el sincretismo. Cuando el pueblo de Dios entró en la Tierra Prometida fueron confrontados con religiones paganas. Los dioses cananeos, Baal y Asera, se convirtieron en objetos de la devoción israelita. Más adelante, el pueblo de Dios adoró a los dioses nacionales de Asiria y Babilonia. La ley de Dios le advertía a Israel con claridad que no debía abandonar a Jehová en pos de otros dioses, y que tampoco debía adorar a otros dioses además del verdadero Dios. Los profetas predijeron los juicios venideros que caerían si la gente modificaba su fe para acomodarla a las doctrinas y prácticas extranjeras.

El período del Nuevo Testamento fue típico de un extenso sincretismo. Con la expansión del Imperio Griego, sus dioses se mezclaron con los dioses nativos de las naciones conquistadas. El Imperio Romano también abrigó en su seno a todo tipo de culto y religiones de misterio. El cristianismo no pudo escapar a esto. Los padres de la iglesia no solo propagaron el evangelio sino que lucharon por proteger su integridad. El maniqueísmo (una filosofía dualística que identificaba lo físico con el mal) se introdujo en algunas doctrinas. El docetismo (una enseñanza que negaba que Jesús hubiese tenido un cuerpo físico) ya constituía un problema mientras el Nuevo Testamento estaba en proceso de composición. Muchas formas de neoplatonismo hacían un esfuerzo consciente por combinar elementos de la religión cristiana con la filosofía platónica y con el dualismo oriental. La historia de los credos cristianos es la historia del pueblo de Dios buscando separarse de las artimañas de las religiones y filosofías foráneas. Este problema todavía existe hoy en día en la iglesia. Las filosofías no cristianas como el marxismo o el existencialismo buscan el poder del cristianismo mientras dejan de lado lo que es singularmente cristiano. El sincretismo continúa siendo una herramienta poderosa para separar a Dios de su pueblo.

Cada generación de cristianos tiene que enfrentarse con la tentación del sincretismo. Si nuestro deseo es "estar al día" o ser contemporáneo en nuestras prácticas y creencias, caeremos en la tentación de ser conformados por los modelos de este mundo. Aceptaremos las prácticas y las ideas paganas e intentaremos "bautizarlas". Hasta cuando combatimos y nos enfrentamos con las religiones y filosofías extrañas corremos el riesgo de ser influenciados por ellas. Cualquier elemento extraño que se filtre en la fe y la práctica cristiana constituye un elemento que debilita la pureza de la fe.

¿Qué es el Estado Intermedio?

por R. C. Sproul |

"No está muerta, sino que duerme" (Lucas 8:52). Jesús hizo este comentario hablando sobre la hija de Jairo cuando Élla estaba por levantar de los muertos. Con frecuencia la Biblia se refiere a la muerte a través de la figura del "sueño". Debido a esta imagen, algunos han llegado a la conclusión de que el Nuevo Testamento enseña la doctrina del sueño del alma.

El sueño del alma suele ser descrito como un tipo de animación suspendida del alma por un tiempo, entre el momento de la muerte personal y el momento en que nuestros cuerpos sean resucitados. Cuando nuestros cuerpos sean resucitados de los muertos, el alma despertará para continuar su conciencia personal en el cielo. Aunque pasen siglos entre la muerte y la resurrección final, el alma "durmiente" no tendrá ninguna conciencia del paso del tiempo. Nuestra transición de la muerte al cielo nos parecerá instantánea.

El sueño del alma representa un alejamiento del cristianismo ortodoxo. Permanece, de todos modos, firmemente enclavado entre una minoría de cristianos. Al punto de vista tradicional se lo conoce como el estado intermedio.

Según este punto de vista, en el momento de la muerte, el alma del creyente se dirige inmediatamente a estar con Cristo para gozar de una existencia personal, conciente y continua, mientras aguarda la resurrección final del cuerpo. Cuando el Credo Apostólico habla de "la resurrección del cuerpo" no se está refiriendo a la resurrección del cuerpo humano de Cristo (la cual también está afirmada en el Credo) sino a la resurrección de nuestros cuerpos en el día final.

¿Pero qué sucede mientras tanto? El punto de vista clásico es que en el momento de la muerte las almas de los creyentes son inmediatamente glorificadas. Son hechas perfectas en santidad y entran inmediatamente en la gloria. Los cuerpos de los creyentes, sin embargo, permanecen en la tumba, aguardando la resurrección final.

Jesús le prometió al ladrón sobre la cruz: "De cierto te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lucas 23:43). Quienes respaldan el concepto del sueño del alma argumentan que Jesús no pudo haber querido decir que se encontraría con el ladrón en el paraíso ese mismo día porque Jesús permanecería muerto durante tres días, y que además todavía no había ascendido. Aunque la ascensión de Cristo, por supuesto, todavía no había tenido lugar y su cuerpo ciertamente estaba en la tumba, Élle había encomendado su espíritu al Padre. Se nos asegura que en el momento de su muerte, el alma de Jesús fue al paraíso como declaró. Los defensores del sueño del alma arguyen que la mayoría de las ediciones de la Biblia en inglés han colocado la coma en el lugar equivocado. Leen este texto del siguiente modo: "De cierto te digo hoy, estarás conmigo en el paraíso".

Al realizar este cambio en la posición del signo ortográfico, "hoy" se refiere al momento en que Jesús está hablando y no al momento en que Jesús se encontrará con el ladrón en el paraíso. Esta posición de la coma, sin embargo, es poco probable. Al ladrón le resultaba perfectamente obvio en qué día Jesús estaba conversando con él. No había ninguna necesidad de que Jesús dijera que estaba hablando "hoy". El que un hombre que se está asfixiando sobre el madero de la cruz malgaste las palabras de este modo resulta poco probable. En cambio, y de acuerdo con el resto de la evidencia bíblica que respalda el estado intermedio (véase en especial Filipenses 1:19-26 Y2 Corintios 5: 1-10), la promesa al ladrón es que este se reuniría con Cristo en el paraíso ese mismo día.

El estado del creyente después de la muerte es diferente y mejor al que experimentamos en esta vida, aunque no es tan diferente ni tan bendito como lo será en la resurrección final. En el estado intermedio disfrutamos de la continuidad de la existencia personal en la presencia de Cristo. El tiempo de prueba de la humanidad culmina con la muerte. Nuestro destino está decidido una vez que morimos. No hay ninguna esperanza de una segunda oportunidad para el arrepentimiento después de la muerte, y no hay ningún purgatorio, un lugar para purgar nuestros pecados, de manera de mejorar nuestra condición futura. La muerte constituye para el creyente la inmediata emancipación del conflicto y las tormentas de esta vida, cuando pasamos a un estado de bendición.

Aunque la muerte trae el descanso al alma y la Biblia frecuentemente se refiere a la muerte utilizando el eufemismo del sueño, no corresponde suponer que durante el estado intermedio el alma duerma o que permanezcamos inconcientes o en un estado de animación suspendida hasta la resurrección final.

¿Qué es la Justificación por la fe?

por R. C. Sproul


Martín Lutero declaró que la justificación solo por la fe es el artículo sobre el cual la iglesia se apoya o cae. Esta doctrina cardinal de la Reforma Protestante fue vista como el campo de batalla para nada menos que el propio evangelio.

La justificación puede ser definida como el acto por el cual los pecadores injustos son hechos justos a la vista de un Dios justo y santo. La necesidad suprema de las personas injustas es la justicia. Cristo provee esta falta de justicia en lugar del pecador creyente. La justificación solo por la fe significa la justificación únicamente por la justicia o el mérito de Cristo, no por nuestra bondad o por nuestras buenas obras.

La cuestión de la justificación se centra en el tema del mérito y la gracia. La justificación por la fe significa que las obras que hacemos no son lo suficientemente buenas para merecer la justificación. Como lo expresó Pablo, "ya que por las obras de la ley, ningún ser humano será justificado delante de él" (Romanos 3:20). La justificación es contable. Es decir, somos declarados, contabilizados o considerados justos cuando Dios nos acredita la justicia de Cristo en nuestra cuenta. La condición necesaria para
esto es la fe.

La teología protestante afirma que la fe es la causa instrumental para la justificación porque la fe es el medio por el cual nos apropiamos de los méritos de Cristo. La teología católica enseña que el bautismo es la causa instrumental primaria para la justificación y que el sacramento de la penitencia es la causa secundaria, o restauradora. (La teología católica considera a la penitencia como la segunda tabla salvavidas para la justificación de aquellas personas cuyas almas han encallado -aquellas que han perdido la gracia de la justificación por cometer un pecado mortal.) El sacramento de la penitencia precisa de obras de satisfacción por las cuales los seres humanos logran el mérito apropiado para la justificación. El punto de vista católico afirma que la justificación es por la fe, pero niega que sea únicamente por la fe, agregando las buenas obras como una condición necesaria.

La fe que justifica es una fe viviente, no una profesión hueca de fe. La fe es una confianza personal que acepta únicamente a Cristo para su salvación. La fe salvífica es también una fe que acepta a Cristo como su Salvador y Señor. La Biblia dice que no podemos ser justificados por nuestras propias buenas obras, sino por lo que la fe nos agrega; vale decir, la justicia de Cristo. En síntesis, algo nuevo es agregado a algo básico. Nuestra justificación es una síntesis porque la justicia de Cristo nos ha sido agregada. Nuestra justificación es por imputación.

Dios nos transfiere, por la fe, la justicia de Cristo. Esto no se trata de una "ficción legal" porque Dios nos atribuye el mérito real de Cristo, a quien ahora pertenecemos. Se trata de una imputación real.

La subordinación de Cristo

por R.C. Sproul

¿Qué es un subordinado? En nuestro idioma resulta claro que ser un subordinado de alguien es estar "bajo" la autoridad de es" persona. Un subordinado no es un igual; un subordinado no goza de la misma jerarquía que su superior o superiora. El prefijo "sub" significa "bajo" y super- significa "sobre" o "encima". Cuando hablamos de la subordinación de Cristo debemos hacerlo con mucho cuidado. Nuestra cultura equipara la subordinación con la desigualdad. Pero en la Trinidad todos los miembros son iguales en naturaleza, en honor yen gloria. Los tres miembros son eternos, preexistentes; participan de todos los aspectos y los atributos de la Deidad.

En el plan de Dios para la redención, sin embargo, el voluntariamente asume un papel subordinado al Padre. Es el Padre quien envía al Hijo al mundo. El Hijo en obediencia viene a este mundo para hacer la voluntad del Padre. Debemos tener mucho cuidado y tomar nota, sin embargo, que no se trata de una obediencia forzada. Como son iguales en gloria, el Padre el son de una misma voluntad. El Padre desea la redención tan te como la desea el Hijo. El Hijo está ansioso por cumplir la obra de la salvación, tanto como el Padre está ansioso de que Élla cumpla.

Jesús declaró que lo consumía el celo por la casa de su Padre (Juan 2:17) y que su comida y bebida era hacer la voluntad del Padre. Por último, debemos señalar que la subordinación y la obediencia de Cristo no fue únicamente en el sufrimiento. El incluyó todos los aspectos de la obra de Cristo por nosotros y la glorificación final de Cristo. La Confesión de Westminster recoge la interrelación entre el propósito del Padre y la obra de Cristo: Le complació a Dios, en su eterno propósito, el elegir y ordenar al Señor Jesús, su Unigénito Hijo, para ser el Mediador entre Dios y el hombre, el Profeta, el Sacerdote y el Rey, la Cabeza y el Salvador de Su Iglesia, el heredero de todas las cosas, y el Juez del mundo; a quien le dio desde la eternidad un pueblo, para que fuera su semilla, y para que en el tiempo Él lo redimiera, llamara, justificara, santificara y glorificara. Al someterse a sí mismo a la perfecta voluntad de su Padre, Jesús hizo lo que nosotros no estábamos dispuestos a hacer, ni éramos capaces de hacer, por nosotros mismos. Obedeció la ley de Dios de manera perfecta. En su bautismo Cristo le dijo a Juan: "Porque así conviene que cumplamos todajusticia" (Mateo 3: 15).

Toda la vida y el ministerio de Jesús demuestran esta perfecta obediencia. Al obedecer la ley de manera perfecta, Jesús logró dos cosas importantes. Por un lado, cumplió con los requisitos para ser nuestro Redentor, el Cordero sin mancha. Si Jesús hubiese pecado, no podría haber expiado sus propios pecados, mucho menos los nuestros. Por otro lado, su perfecta obediencia le mereció la recompensa prometida por Dios a todos quienes guardan su pacto. Mereció las recompensas del cielo que ahora las ha entregado a nosotros. Como el Subordinado, salvó a un pueblo que se había insubordinado.

El Infierno

por R.C. Sproul  |


Frecuentemente hemos escuchado afirmaciones tales como "La guerra es un infierno" o "Pasé por un infierno". Estas expresiones, por supuesto, no deben ser tomadas en un sentido literal. Más bien están reflejando nuestra tendencia a utilizar la palabra infierno como un término descriptivo de la experiencia humana más espantosa. Sin embargo, no hay ninguna experiencia humana en este mundo que pueda compararse con el infierno. Si tratamos de imaginar el sufrimiento más atroz aquí y ahora, nuestra imaginación todavía no habrá alcanzado la realidad espantosa del infierno.
 
El infierno es considerado algo trivial cuando se lo utiliza en expresiones soeces. El utilizar esta palabra con ligereza puede ser un tibio intento humano de considerar el concepto con ligereza o de una manera entretenida. Solemos burlarnos de las cosas que más temor nos causan como un esfuerzo fútil para quitarles las garras y los colmillos, reduciendo así su poder amenazador.
 
No hay ningún concepto bíblico más horrendo ni más aterrador que la idea del infierno. Es tan poco popular que muy pocos creerían en este concepto si no fuera que nos viene de las propias enseñanzas de Cristo.
 
Casi toda la enseñanza bíblica sobre el infierno nos viene de labios de Jesús. Es en esta doctrina, más que en ninguna otra, donde se pone más a prueba la lealtad del cristiano a la enseñanza de Cristo. Los cristianos modernos han hecho muchos esfuerzos para minimizar el infierno de manera de eludirlo o de suavizar la enseñanza de Jesús. La Biblia nos describe al infierno como un lugar de oscuridad, un lago de fuego, un lugar de llanto y de crujir de dientes, un lugar de eterna separación de las bendiciones de Dios, una prisión, un lugar de tormento donde el gusano no morirá jamás. Estas imágenes tan gráficas del castigo eterno nos llevan a preguntarnos: ¿Debemos tomar estas descripciones literalmente o son solo símbolos?
 
Yo sospecho que se tratan de símbolos, pero eso no es ningún alivio. No debemos pensar que son simplemente símbolos. Es muy probable que el pecador en el infierno prefiera un lago literalmente de fuego como su morada eterna que la realidad del infierno representada en la imagen del lago de fuego. Si estas imágenes son símbolos, entonces debemos concluir que la realidad es peor que lo que el símbolo sugiere. La función de los símbolos es señalar algo más allá de ellos, hacia un estado más intenso que el contenido del símbolo. No puede servir de ningún consuelo para aquellos que los consideran simplemente como símbolos el que Jesús haya utilizado los símbolos más espantosos que sea posible imaginar.
 
Un suspiro de alivio parece escucharse cuando alguien declara: "El infierno es el símbolo de la eterna separación de Dios". Ser separado de Dios por la eternidad no representa una gran amenaza para la persona impenitente. Los impíos no quieren otra cosa que estar separados de Dios. El problema que tendrán en el infierno no será la separación de Dios, será la presencia de Dios lo que los atormentará. En el infierno, Dios estará presente en la plenitud de su ira divina. Estará allí para ejercer su justo castigo sobre los malditos. Lo conocerán entonces como el fuego consumidor.
 
De cualquier modo que analicemos el concepto del infierno siempre termina siendo un lugar de crueldad y de castigo. Sin embargo, si es que hay algún consuelo en el concepto del infierno es la plena seguridad que no habrá crueldad allí. Es imposible que Dios sea cruel. La crueldad implica infligir un castigo que sea más severo o más duro que el crimen. La crueldad está en la esencia misma de la injusticia. Dios es incapaz de infligir un castigo injusto. El Juez de todo el mundo sin duda hará lo que es el bien.
 
Ninguna persona inocente sufrirá bajo su mano. Posiblemente el aspecto más aterrador del infierno es su eternidad. Las personas pueden soportar la más angustiante de las agonías siempre y cuando sepan que en algún momento ha de terminar. En el infierno esta esperanza no existirá. La Biblia nos enseña con claridad que el castigo ha de ser eterno. Se utiliza la misma palabra para referirse a la vida eterna y la muerte eterna.
 
El castigo implica dolor. La aniquilación, que algunos han postulado, no implica dolor. Jonathan Edwards, al predicar sobre Apocalipsis 6:15-16 dijo: "Los hombres malvados de aquí en más desearán con todas sus fuerzas convertirse en nada y dejar de ser para poder escapar de la ira de Dios".
 
El infierno, entonces, es una eternidad frente a la ira de Dios, justa y siempre ardiendo; un tormento en el sufrimiento, del cual no hay escapatoria posible ni alivio. Comprender esto es crucial para apreciar la obra de Cristo y para predicar su evangelio.

La Triple Unidad de Dios

por R.C. Sproul

La doctrina de la Trinidad nos resulta difícil y confusa. A veces hasta se ha pensado que el cristianismo enseña la noción absurda de que 1+1+1=1. Resulta claro que esta es una ecuación falsa. El término Trinidad describe una relación de un Dios que es tres personas, y no una relación entre tres dioses. La Trinidad no significa un triteísmo, es decir, que hay tres seres que en su conjunto conforman un Dios. La palabra Trinidad se utiliza como un esfuerzo para definir la plenitud de la Deidad en términos de su unidad y su diversidad.

La formulación histórica de la Trinidad es que Dios es uno en esencia y tres en persona. Aunque esta fórmula es misteriosa y paradójica, no conlleva de modo alguno una contradicción. Con respecto a la esencia o el ser, se afirma la unidad de la Deidad; con respecto a la persona, se expresa la diversidad de la Deidad. Si bien el término Trinidad no se encuentra en la Biblia, el concepto aparece en ella con claridad. Por un lado la Biblia declara de manera contundente la unidad de Dios (Deuteronomio 6:4).

Por otro lado, la Biblia declara con claridad el carácter plenamente divino de las tres personas de la Deidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La iglesia ha rechazado las herejías del modalismo y el triteísmo. El modalismo niega la diferencia que existe entre las personas de la Deidad, afirmando que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son distintas maneras en que Dios se expresa a sí mismo. El triteísmo, por otro lado, falsamente afirma que existen tres seres que juntos constituyen a Dios.

El término persona no significa una diferencia en esencia sino una subsistencia diferente en la Deidad. Una subsistencia en la Deidad constituye una diferencia real pero no es una diferencia esencial, en cuanto a una diferencia en el ser. Cada persona subsiste o existe "bajo" la pura esencia de lo divino. La subsistencia es una diferencia dentro del mismo ser, no un ser o una esencia separada. Todas las personas de la Deidad comparten todos los atributos divinos.

También hay una diferencia en la función desarrollada por cada miembro de la Trinidad. El trabajo de la salvación es en cierto sentido compartido por las tres personas de la Trinidad. Sin embargo, con respecto a la manera de actuar, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo operan de distinta forma. El Padre es quien inicia la creación y la redención; el Hijo es quien redime a la creación; y el Espíritu Santo regenera y santifica, operando la redención en los creyentes.

La Trinidad no se refiere a las partes de Dios, ni siquiera a los roles. Las analogías humanas, como las de un hombre que es un padre, un hijo y un esposo, son insuficientes para reflejar el misterio de la naturaleza de Dios. La doctrina de la Trinidad no explica completamente el carácter misterioso de Dios. En realidad lo que hace es fijar los límites que no debemos trasponer. Define los límites de nuestra reflexión finita. Nos ordena ser fieles a la revelación bíblica de que Dios es uno en un sentido y tres en otro sentido.

 
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